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Blue Jeans: ¡Buenos Días, Princesa!, No Sonrías Que Me Enamoro, ¿Puedo Soñar Contigo? 0 1 708

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#1
24 Jul 19 Hortaliza
[Imagen: a4oA7WM.jpg]

​​​​​​Me llamo Francisco de Paula Fernández González, aunque escribo bajo el pseudónimo de Blue Jeans.
 
  1. Nací en Sevilla, aunque toda mi adolescencia la pasé en Carmona.
  2. Estudié en el colegio Salesianos y luego en el instituto Maese Rodrigo.
  3. Cuando terminé, hice un año de Derecho en la Facultad de Sevilla.
  4. No era lo mío y decidí emprender la aventura de cambiar de carrera y de ciudad.
  5. Con 18 años me trasladé a Madrid, donde sigo viviendo, y comencé a estudiar Periodismo en la Universidad Europea.
  6. Me licencié e hice un master en periodismo deportivo.
  7. Al mismo tiempo, intenté estudiar Filología alemana en la Complutense, sin éxito.
  8. He colaborado con algunos medios, especialmente deportivos, pero no encontré ahí mi lugar.
  9. Durante varios años también entrené a a fútbol sala a niños en Palestra Atenea.
  10. Ahora me dedico a escribir novelas y a pasarme horas y horas en las redes sociales respondiendo las preguntas de los lectores.

Su Página Web:

http://www.lawebdebluejeans.com/

¡Buenos Días, Princesa!

[Imagen: 5AyJcxj.jpg]

​​​​​​Han pasado algo más de dos años en la vida de los chicos que forman “el club de los incomprendidos”.

Las cosas han cambiado desde que uno tras otro se fueron encontrando en el camino.

Nuevos problemas, secretos, amores, celos...

Sin embargo, hasta el momento, su amistad ha podido con todo y con todos.

Raúl, se ha convertido en un atractivo joven y en un líder nato; Valeria, derrocha simpatía por donde pisa, aunque no ha vencido del todo a su timidez; Eli, es la que más se ha transformado de todos y se los lleva de calle; María, vigila y sueña tras sus gafas de pasta de color azul; Bruno, no consigue olvidar lo que siente y en lo más profundo de su corazón espera ser correspondido; y Ester, es la nuera que toda madre querría tener aunque no es tan inocente como todos piensan.

Son seis chicos que sienten, sufren, aman, creen, ríen, evolucionan... como otros chicos de su edad.

Pero los seis son especiales.

Al menos, para el resto del grupo.

¿Conseguirán superar  todas las pruebas que se le van a presentar?

Primer Capítulo

​​​​​​—¡Entra!

—¡No entro!

—¿Que no? ¡Ya verás como sí!

—¡Es inútil! ¡No lo conseguiremos!

Pero Elísabet no se rinde.

Un último esfuerzo.

Aprieta los dientes, agarra el vaquero azul oscuro de Stradivarius y lo estira con fuerza hacia arriba.

Con todas sus ganas.

Poniendo sus cincuenta y cuatro kilos en la causa.

Y... ¡premio!

La tela asciende por las piernas de su amiga y se encaja a presión sobre sus muslos y caderas.

—¡Lo ves, lo ves! ¡Entraba! —grita eufórica mientras Valeria se pone de pie.

Algo continúa sin ir bien.

—Sí, entraba. Pero ahora abrocha el botón y sube la cremallera, guapa. —¿Qué? ¿No van?

La joven se levanta la camiseta y niega con la cabeza.

Eli se alza del suelo y se aproxima a ella.

Una frente a otra.

Un nuevo reto.

Morena y castaña con mechas rubias contra una cremallera y un botón.

—Encoge la tripa, nena.

—Pero ¿de qué sirve que la encoja? ¡Voy a estallar!

—¡No te pongas histérica! ¡Aquí no explotará nadie! ¡Mete el culo para dentro!

—¿Qué?

—¡El culo adentro! ¡Ya!

La chica obedece a su amiga.

Encoge el estómago, el trasero para dentro...

Hasta contiene la respiración todo lo que puede.

Sin embargo, por más que entre las dos intentan que el botón del vaquero ceda, aquello se convierte en una misión imposible.

No cierra.

Elísabet, desfallecida, ceja en su intento y se sienta en la cama resoplando.

Mira a Valeria, que no parece muy contenta.

—Estoy gorda —indica ésta, apenada, mientras gesticula con las manos.

—No estás gorda. No seas tonta.

—O yo estoy gorda o tú has adelgazado mucho. Antes cabíamos en la misma ropa.

—¿Antes? ¡Hace mucho de eso!

—¡Da lo mismo! ¡El caso es que la treinta y seis no es mi talla!

—Ya me he dado cuenta, ya.

Valeria suspira y entra en el cuarto de baño dando zancadas.

Se sienta sobre la tapa del váter y se quita el vaquero que le ha prestado Eli.

Lo dobla, quejosa, y lo deja a un lado observándolo con tristeza.

¡El pantalón de Stradivarius es tan bonito!

No ha sido una buena idea probarse la ropa de su amiga.

Cuando le propuso que fuera a su casa y se cambiara allí antes de salir de marcha, para luego irse las dos juntas, debió negarse.

¡Ha echado caderas! ¡Y su culo no es el que tenía con quince años!

Vale, sólo tiene dieciséis, pero el 13 de febrero, dentro de tres meses, cumplirá los diecisiete.

¡Ha engordado demasiado!

La culpa es de los brackets que ha llevado durante el último año.

¡Estúpido aparato dental!

Si los helados y esos pasteles tan blanditos no hubieran sido tan fáciles de comer...

Ahora tiene los dientes mejor, perfectos, pero ya no está delgada.

O no tan delgada como querría.

Eli se acerca hasta su amiga y la ayuda a levantarse.

Le dedica una sonrisa y le da una palmada en el trasero.

Las dos se miran al espejo.

—¿Tú no me ves gorda?

—Para nada.

—¿Seguro?

—Segurísima.

—No te creo.

—Créeme, estás muy buena.

—¡Bah! Soy demasiado normal.

—Tú no eres normal, nena. Eres mucho más guapa que la mayoría de las chicas que conozco.

—¿Qué me das?, ¿un seis?

—Un ocho como mínimo.

Valeria contempla su rostro; un perfil, de frente, el otro perfil.

Quizá Eli tenga razón.

Es bastante monilla.

Lo que pasa es que a su lado... Elísabet es todo un bellezón: pelo largo negrísimo, ojos verdes hipnotizadores, labios espectaculares, delgadita pero no escuálida...

¡Y una noventa y cinco de pecho! ¡Y sin relleno!

Ella apenas llega a la noventa.

Hacía un tiempo no era así.

Las dos estaban, podría decirse, empatadas.

En cambio, una dio un salto hacia delante espectacular y la otra, simplemente, no saltó.

Eli es bastante más mujer que ella.

Se la ve más madura, menos cría.

Y los tíos piensan lo mismo.

¿Cuántos líos ha tenido a lo largo de los últimos meses?

Seis más que ella.

Es decir, resultado de enero a noviembre de 2011: Elísabet, seis; Valeria, cero.

Pero, en eso, y sólo en eso, no le importa demasiado que su amiga la gane.

Ella está enamorada de alguien.

De un chico, exclusivamente de un solo chico.

Y para él se está guardando.

En secreto.

Porque ni su compañera de espejo sabe lo que siente.

—Tendré que salir vestida como he venido.

—Bueno, tu falda vaquera es bonita.

—Pero me gustaba tu pantalón de Stradivarius —comenta resoplando—.¿Tú qué te vas a poner?

—El vestido negro.

—¿El ceñido?

—Sí. El ceñido.

¡No! ¡No! ¡No!

Ese vestido le queda increíblemente perfecto.

Todos la mirarán a ella.

Bueno, últimamente, siempre la miran a ella.

Sólo espera que él pase.

Que él no le haga caso.

Que él se centre en su falda vaquera y su camiseta rosa chicle.

Porque hoy... hoy es el día.

—¿No pasarás frío?

—Que más da eso. Dentro de la disco hará calor. Pero, por si acaso, me pondré la chaqueta gris. Y unas medias.

—¿Y los tacones negros?

—Sí, y los tacones negros.

¡Ya le vale! ¡Que va a una discoteca un sábado por la noche, no a una fiesta de fin de año!

—Estarás guapísima.

—Gracias. Lo sé.

Intercambio de sonrisas.

Y Eli sale del cuarto de baño tras darle un beso a su amiga.

Valeria vuelve a suspirar.

La verdad es que aunque Eli sea lo más parecido a la perfección y, cuando ella está a su lado, parezca que no se la vea, que no exista, la quiere.

La quiere mucho.

Son amigas desde hace mucho y juntas han pasado por todo tipo de acontecimientos.

Buenos y malos.

Horribles y fabulosos.

Y, además, las dos pertenecen al selecto grupo del Club de los Incomprendidos.

Eso de tener celos de Elísabet es una tontería.

Mueve la cabeza de un lado para otro y mira a su alrededor.

Ve sobre una estantería un estuche de maquillaje.

Lo alcanza y saca un lápiz de ojos de él.

¿Le quedará bien?

Hoy tiene que estar perfecta.

Es el día. ¡Es el día!

—¡Oye, Eli! ¿Puedo usar tu sombra de ojos? —grita sin dejar de contemplarse en el espejo.

—¡Claro, nena! —exclama la otra chica—. ¡Coge lo que quieras!

—¡Gracias!

Un poquito de maquillaje nunca viene mal.

Tampoco demasiado.

Le ha oído, a él, decir varias veces que no le gustan las chicas muy pintadas.

—¿Sabes, nena? Creo que hoy va a ser una gran noche. ¡Nuestra primera fiesta con universitarios! —comenta Eli cuando entra de nuevo en el cuarto de baño—. ¡Ey! ¡Eso te queda muy bien!

—¿Tú crees?

—Sí... espera —y, tras coger el lápiz, alarga un poco más la línea de los ojos de su amiga y le suelta el pelo; se lo peina con las manos y lo deja caer por sus hombros.

A continuación, con una barra rosa, le pinta los labios delicadamente—. Ya está. Preciosa.

Valeria se humedece los labios y sonríe al espejo.

Es verdad.

No está nada mal.

Pero nada, nada mal.

Siente un escalofrío al imaginar lo que pensará él cuando la vea.

¿La verá más guapa que de costumbre?

¡Tiene que notarlo! ¡Se va a arreglar para sus ojos! ¡Y qué ojos!

Azules, casi celestes.

Los ojos más bonitos que ha visto en su vida.

¡Sí! ¡Esos ojos sólo deben fijarse en ella esta noche!

—Entonces, estoy bien, ¿no?

—¡Estás genial!

—¿Tú crees?

—¡Por supuesto! ¡Los universitarios caerán rendidos a tus pies! ¡Esta noche te ligas al tío que quieras!

¿Al que quiera?

¡Sólo quiere a uno!

Y sí, debe ser esta noche.

Ya han pasado los veinte días de plazo.

Es lo que leyó en una revista una vez: «Si el chico del que estás perdidamente enamorada rompe con su novia, no te lances a por él inmediatamente. Si lo haces, sólo te tomará como un consuelo. Se liará contigo únicamente por el hecho de olvidar las penas. Serás un rollo pasajero. Pero ¡cuidado! Si esperas demasiado puede volver con su ex o, quizá, otra se te adelante. Veinte días después de la ruptura de tu amor con su ex pareja es el tiempo perfecto para intentarlo.»

—No sé...

—Estás muy bien. Será una noche inolvidable. Y tú triunfarás.

—Bueno...

La sonrisa de Eli anima a Valeria.

Aunque algunas de su clase opinen que se ha vuelto una estúpida presumida y prepotente, ella no lo cree así.

Simplemente tienen envidia de su físico y de que tenga tanto éxito con los tíos.

—¿Sabes, nena? Creo que hoy es el día —anuncia la chica de los ojos verdes mientras se desnuda.

Su amiga la observa ensimismada.

Tiene un cuerpo increíble.

Sin duda, mucho mejor que el suyo.

—¿El día para qué? —pregunta confusa.

—Para lanzarme.

—¿Lanzarte?

—Sí. Creo que es el momento de dejar a un lado las tonterías y empezar algo serio con un tío que me quiera. Estoy cansada de niñatos.

¿De qué está hablando?

Valeria no comprende nada de lo que dice su amiga.

¿Le gusta un chico? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no se lo ha confesado hasta ahora?

—¿Vas a declararte a alguien esta noche?

—Sí. Esta noche no voy a dejar escapar a Raúl.

​​​​​​No Sonrías Que Me Enamoro

[Imagen: w7ycAIw.jpg]

​​​​​​Hasta hace unos meses, Eli, Valeria, Bruno, Raúl, María y Ester formaban El Club de los Incomprendidos.

Cada uno con su personalidad y su carácter, eran los mejores amigos del mundo.

Se conocieron dos años atrás en el instituto, y el haber pasado por similares y dolorosas circunstancias les acercó.

Pero ahora, superados sus caminos: celos, dudas, amores secretos, relaciones complicadas con los padres… y el club no pasa por su mejor momento.

Además, aparecerán otras personas en el camino que influirán en sus decisiones.
 
Una lectura mágica que nos hará reír, llorar, soñar, volar y, sobre todo, creer que el AMOR siempre puede con todo.

Primer Capítulo

—¿Me das un beso?

—¿Dónde?

—Sorpréndeme.

Raúl sonríe, le aparta el pelo y se inclina sobre Valeria para acercar los labios a su cuello.

Suavemente, los posa sobre su piel y le regala el deseado beso.

—¿Qué tal? —pregunta tras echarse hacia atrás y mirándola a los ojos.

—Bueno. No ha estado mal. Pero…

—Pero ¿qué?

—Los he recibido mejores.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Mucho mejores?

—Mmm. Sí… definitivamente, sí.

El joven frunce el ceño y se pone serio.

Un reto.

Le gustan los retos.

Vuelve a aproximarse a su novia y en esta ocasión elige su boca.

Sin rodeos.

Mezcla lo dulce y lo intenso.

Valeria apenas respira, cierra los ojos y se deja llevar.

Durante varios segundos, más de un minuto.

Hasta que, exhausta, se despega de su chico y resopla.

—¿Y ahora? ¿Mejor?

—Guau.

—Eso significa que te ha gustado, ¿no?

—Has acertado.

—¿Top diez?

—Mmm. Top diez.

—¿Sí?

—Creo que sí.

—Vaya, tiene que haber sido muy bueno para que lo reconozcas.

—¿Por qué dices eso?

—Por nada. Pero es que te cuesta admitir que yo tengo razón.

—¡No es verdad!

—Sí que lo es.

—¿Me estás llamando cabezota?

—Todos lo somos, ¿no?

Valeria chasquea la lengua pero termina sonriendo.

Después, le da un pequeño beso en los labios.

—Te mereces un premio por ese beso top diez —afirma divertida.

Y con el dedo le golpea suavemente la nariz.

Se levanta del sofá en el que están sentados y camina hacia la cocina.

Raúl la observa con curiosidad.

¿Qué se propone?

La quiere.

Cada vez más.

A pesar de… Sí, la quiere mucho.

Durante los cuatro meses y pico que llevan juntos han pasado momentos de todo tipo.

Altibajos, euforias, crisis… Incluso han estado a punto de dejarlo un par de veces.

En cambio, la relación sigue adelante y cada día supone un pasito más.

Una experiencia nueva.

Sin embargo, no todo es lo que parece.

—¿Qué haces con el delantal puesto? —le pregunta extrañado cuando Valeria aparece de nuevo—. ¿Y con ese cuenco?

—Te voy a preparar una tarta.

—Pero si tú no sabes hacer tartas.

—¿Cómo que no? Ja. Qué poquita confianza tienes en mí.

—No es que no tenga confianza. Es que…

Pero Valeria ya no quiere continuar escuchando.

Se vuelve simulando que se ha enfadado y regresa a la cocina a toda velocidad, pisando con fuerza para hacerse oír.

¿Cuántas veces la ha visto hacer lo mismo?

Le divierten esos prontos unas veces más reales y otras más fingidos.

Se le enrojecen las mejillas, que le recuerdan a aquella joven tímida que conoció hace un tiempo, aquella pequeña de catorce años que era incapaz de dirigirle la palabra, que se retorcía incómoda cuando la buscaba con la mirada.

Cómo han cambiado las cosas.

Ahora es la chica que lo hace sentir, la persona con quien comparte sus risas y sus miedos.

La que lo saca de quicio, pero por quien lo daría todo.

Es la única con quien ha tenido sexo y la que lo hace suspirar de día y de noche.

La musa que tanto añoraba y que hasta aquel momento no había aparecido.

Raúl se levanta del sofá y se dirige también a la cocina.

Valeria sostiene un libro de recetas entre las manos.

—¿Te apetece que sea de chocolate? —le pregunta cuando lo ve—. Mi madre tiene aquí el que utiliza para hacer pasteles en la cafetería.

—Vale. Bien.

—No, dime, dime. ¿De qué la quieres? Puedo hacértela de más cosas.

—De chocolate es perfecto.

—Genial —dice muy decidida—. A ver… ¿Por dónde empiezo?

Raúl se acerca a ella y le pone su BlackBerry en la mano.

—¿Y si llamas a la confitería?

—¡Tonto! —exclama, y le devuelve el smartphone—. Voy a hacer una tarta de chocolate casera. Yo sola. Y será… ¡la mejor tarta de chocolate que hayas probado jamás!

El joven se encoge de hombros y se sienta sobre la pequeña encimera de la cocina.

Contempla a Valeria verter en el cuenco leche, azúcar, chocolate y mantequilla y mezclarlo con una cuchara de madera.

Luego, lo pone todo en una cazuela a fuego lento y comienza a removerlo.

—No lo haces nada mal.

—Claro que no. ¡Qué te pensabas!

—Bueno, sólo es el principio. No te confíes. Aún te queda mucho para que eso parezca una tarta.

—Paso a paso. Aquí dice que se tarda una hora en hacerla.

—Una hora… Uff.

—Sí. Tú puedes irte a hacer otra cosa mientras yo me ocupo de esto. ¿Hoy no hay rodaje?

—Sí, pero a las siete.

—Puedes dar una vuelta y, cuando vuelvas, tendrás preparado un riquísimo pastel de chocolate.

—¿No quieres que te ayude?

—No —responde Valeria muy seria —. Ya te he dicho que esto es cosa mía. Vas a chuparte los dedos cuando esté hecha.

—Ya lo veremos.

Y sonríe.

Se baja de la encimera de un saltito.

La envuelve entre sus brazos mientras la chica trata de controlar con la cuchara la masa que se está formando.

La besa dulcemente en los labios, pero Valeria no tarda en zafarse.

—¡Vete ya! ¡Si se estropea será por tu culpa!

—Ya me voy, ya me voy.

El olor a chocolate empieza a impregnar toda la cocina.

Es una fragancia deliciosa y penetrante que invade la pequeña habitación.

Raúl la inspira y, tras acariciar el pelo de la chica, regresa al salón.

Se pone la sudadera y sale de la casa después de avisar con un grito de que se marcha.

Es un día nublado, hace un poco de viento y las hojas se amontonan en las esquinas de las calles.

Sus pasos son tranquilos.

Camina lentamente.

Una hora… Pensativo, saca de uno de los bolsillos de la sudadera su BlackBerry y entra en el WhatsApp.

Repasa lo último que se ha dicho en el grupo del corto que está dirigiendo.

Parece que hoy el protagonista no puede ir.

Siempre pasa algo.

Cuando se animó a hacerlo ya sabía que no sería sencillo.

¡Pero es que todos los días hay algún problema!

No importa.

Es su primera experiencia.

Ningún comienzo es fácil.

Lo que cuenta es que esto le servirá para el futuro.

El futuro que tanto desea: convertirse en un gran director de cine.

Aunque el corto también le ha servido para otras cosas.

Suena un pitido.

Tiene un WhatsApp.

Lo abre y lee con una sonrisa: Siento ser tan cabezota. Aunque el beso que me has dado, pensándolo bien, no es un top diez.

Y en seguida otro mensaje.

Claramente, es un top cinco.

Es un encanto.

Se piensa la respuesta.

Continúa andando con la BlackBerry en la mano, mientras siente el aire en la cara.

Se sabe el camino de memoria.

Aunque ella sólo lo ha acompañado una vez a lo largo de los últimos meses.

Seguro que tu tarta también entra en el top cinco de las mejores que he comido.

Responde al fin.

Se detiene en un semáforo y sigue escribiendo.

Y si no, tienes muchos años para seducirme y complacerme a base de azúcar y chocolate. Te quiamo. Te quiamo.

Una vez, escribiendo en el chat de Tuenti, el joven se equivocó y mezcló un «te quiero» con un «te amo».

Desde entonces, sus despedidas por escrito se han convertido en «te quiamos» llenos de sentimientos.

Cruza la calle cuando el muñequito se pone verde.

Un nuevo WhatsApp de Valeria le dice que ella también lo quiere.

Jamás dudará de eso.

Se le nota.

Y le demuestra a cada instante que realmente lo ama.

En cambio, a pesar de que siempre comenta que la verdadera verdad no está en quien la dice sino en quien la cree, le duele engañarla una y otra vez.

Pero, de momento, a Raúl no le queda más remedio.

​​​​​​¿Puedo Soñar Contigo?

[Imagen: 9Jn79mw.jpg]

“-Esto es... ¿Un atrapasueños?

Si. Lo compre cuando era una niña. Y no me ha ido mal.

Estar contigo es un milagro... Y un sueño. Mi sueño se hizo realidad, amor.”

Atrás quedaron los malos momentos que hicieron peligrar el futuro de El Club de los Incomprendidos.

Valeria, Raúl, María, Bruno y Ester vuelven a estar muy unidos, gracias sobre todo al empeño de Alba, quien se está ganando con creces formar parte del Club.

Pero después de la calma, la tormenta: malentendidos, envidias, reencuentros inesperados, historias que renacen, nuevos personajes y la reaparición de alguien muy especial para todos ellos volverá a poner su amistad en peligro.

Amores imposibles, pasiones desbordantes, dudas inconfesables y ¡diversión asegurada!

Primer Capítulo

El bostezo de Raúl saca una sonrisa a Valeria, que apoya la cabeza en su hombro y coge un puñado de palomitas del cubo.

Aquella película no le está gustando demasiado, pero le está sirviendo para desconectar.

Los exámenes finales de junio se acercan a gran velocidad.

En cinco días comienza la tortura.

¡Y debe aprobar todas las asignaturas de primero de Bachillerato!

La idea de ir al cine no ha sido mala, aunque se han equivocado con lo que han ido a ver.

Un beso con sabor a sal y más bostezos.

Ahora compartidos.

Alba mira de reojo a la pareja y sonríe.

Se alegra de que sigan juntos.

Y pensar que por su culpa casi rompen.

Nunca debería haberle hecho caso a Elísabet.

Afortunadamente, todo se arregló entre ellos y desde aquel día de marzo en el que Raúl le pidió disculpas a su chica en la plaza Mayor, no ha habido más sobresaltos provocados por Eli.

Es como si hubiera desaparecido de la Tierra.

A lo largo de aquellos dos últimos meses Alba ha intentado por todos los medios que los Incomprendidos sean de nuevo un grupo unido.

Un club de amigos inseparables que se ayudan entre ellos.

De alguna manera se lo debía.

Lo de ir esa noche al cine lo ha propuesto ella.

—Chicos, ¿por qué no lo dejamos ya por hoy?

—Hay mucho que estudiar. Y no lo llevo nada bien —responde Ester, resoplando, y tacha el resultado final que acaba de obtener en aquel problema.

Alba se acerca hasta ella y la abraza por detrás.

Ester se encoge al sentir las manos de su amiga.

Últimamente, está muy cariñosa.

—No te preocupes. Seguro que apruebas todo.

—Ya veremos.

—Que sí. No lo llevas tan mal. ¿Qué te preocupa?

—Matemáticas... Las odio. Es como una pesadilla.

—¡Pues para eso está Bruno! —exclama Alba, alegremente—. ¡Para echarte una mano! ¡Como siempre!

El aludido levanta la cabeza al escuchar su nombre y mira hacia las dos chicas.

Ambas están observándole.

Son tan diferentes, pero al mismo tiempo, tan parecidas.

Ester continúa preciosa, con su flequillo recto en forma de cortinilla.

Como el primer día que la vio.

Aquel día en el que se enamoró perdidamente de ella.

Y Alba ya no tiene ese horrible pelo corto azul.

Una media melena rubia se desliza por sus hombros y sus ojos claros lucen más vivos que nunca.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunta él algo desconcertado.

—Ayudarla con las mates. Tú eres el genio de los números. Y ya lo has hecho más veces, ¿no?

—Ah. Claro, claro. Lo que necesites.

La sonrisa de Bruno coincide con la de Ester.

Por poco tiempo.

Cuando están en el grupo les cuesta mirarse a los ojos.

Llevan varias semanas compartiendo un gran secreto.

—Bueno, pero dejemos de hablar ya de estudios y de exámenes. ¡Estoy cansada! ¿Por qué no nos vamos todos al cine?

—Me parece una idea genial —indica Valeria, cerrando una carpeta de anillas en la que guarda sus apuntes.

Raúl, que está sentado a su lado, la imita.

También a él le apetece desconectar de libros y hojas llenas de cifras y letras.

—Por mí vale —señala, estirándose.

—¡Genial! ¡Llamo a Meri por si quiere venirse con nosotros! —grita Alba, sacando el móvil del bolsillo de su pantalón.

Responde al tercer bip.

La pelirroja es la única que a veces falta a las nuevas reuniones del Club de los Incomprendidos.

Las retomaron hace ya unas semanas.

Alba fue la responsable de que eso sucediera, a fuerza de insistir una y otra vez en que un grupo así de amigos no podía distanciarse tanto como lo había hecho.

Tres tardes por semana quedan en la cafetería Constanza.

E incluso han reescrito aquellas normas que establecieron en su día.

Ahora son mayores y ya no tienen esa necesidad de buscar a otros chicos que les comprendan.

Pero son un grupo de jóvenes que se entienden, se conocen bien y han compartido infinidad de emociones y experiencias de todo tipo.

Mejor juntos que cada uno por su lado.

—¿No vienes entonces?... —pregunta, algo decepcionada, cuando María contesta al otro lado de la línea.

Y escucha atentamente su explicación—. Ah. Muy bien. Vale... Comprendo. Bueno... Si cambias de opinión, ya sabes. A las ocho. En Callao... Muy bien... Vale, Meri. Un besito.

Y cuelga el teléfono.

El resto está contemplándola.

Alba abre los brazos resignada y les cuenta que ha dicho que no puede quedar porque va a ir con su padre a no sé qué sitio.

Valeria respira aliviada.

Desde que su madre se casó con el padre de Meri su relación se ha ido estropeando poco a poco.

Hay algo que ha dejado de funcionar entre ellas.

¡Ahora son hermanastras!

Y eso ha traído consigo cierta tensión.

Su amistad no es la misma que antes.

—Pues nada, se acabó el estudio por hoy. ¡Vamos al cine!

Durante la media hora que lleva allí sentada, en ningún momento Ester se ha sentido cómoda.

Apenas se ha enterado de qué va la película.

No tiene que ser demasiado buena porque escucha bostezos a izquierda y derecha.

Bruno come palomitas ruidosamente a su lado.

Con él comparte un secreto desde hace unas semanas.

Nunca imaginó que las cosas se desarrollarían así y cambiarían tanto en tan poco tiempo.

El móvil vibra dentro de su pantalón vaquero.

Es un mensaje de WhatsApp.

Hola. ¿Te apetece hablar conmigo esta noche por Skype?

Sería la sexta vez en varios días.

La conversación de ayer fue divertida.

Cómo sospechar que aquel chico conseguiría hacerla reír.

Se lo piensa unos segundos y responde.

Hola. Estoy en el cine. Llegaré tarde a casa. Si me esperas despierto...

Bruno mira disimuladamente a la chica sentada a su izquierda.

Sonríe con el móvil en la mano.

¿Quién le habrá escrito? ¿Un chico?

Siente curiosidad.

¿Y celos?

No, no puede sentir celos.

Tose y se centra de nuevo en la gran pantalla, aunque desde ese instante le cuesta seguir el hilo de la película.

Su mente se lo impide.

Te esperaré lo que haga falta. Me lo paso muy bien contigo. ¿Sabes? Me gustas.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Ester cuando lee aquellas palabras en su móvil.

¿Y a ella? ¿Le gusta él?

No sabe qué responderle, por eso, simplemente, contesta con un emoticono sonriente y guarda el teléfono.

—¡Hip!

Se ha escuchado en toda la sala, como un trueno en medio del mar en calma.

Aquel hipo ha arrancado algunas risas entre los espectadores y ha avergonzado a una persona en particular.

Val se tapa la boca con las dos manos.

¡Le tenía que ocurrir a ella, justo en ese momento de silencio absoluto!

Sus cuatro amigos se han girado y la observan.

Colorada como un tomate, se deja caer en su asiento y cruza los brazos.

—Eso es que te comes las palomitas demasiado rápido —le susurra Raúl, apretando su rodilla cariñosamente.

—Jo. Soy tonta.

—No te preocupes, le puede pasar a cualquiera.

Valeria sabe que no.

Que algo así sólo le puede suceder a gente como ella.

Una patosa sin remedio, incapaz de controlar su propio hipo y de pasar desapercibida en medio de una sala de cine.

—¿Estás bien? —le pregunta Alba en voz baja, inclinándose junto a ella.

—Bueno...

—Tranquila. A mí me entra hipo muchas veces cuando estoy nerviosa —reconoce su amiga, guiñándole un ojo—. Y lo que hago para quitármelo es beber pequeños sorbos mientras cuento hasta diez entre sorbito y sorbito.

Nunca había probado ese método.

Normalmente se le quita solo.

Tiene que intentar aguantar y... «¡Hip!».

Menos mal que esa vez no se le ha escuchado.

Valeria niega con la cabeza y decide probar el consejo que le ha dado su amiga.

Alcanza su Coca-Cola Light y comienza a dar pequeños tragos y a contar para sí.

Cuando llega a diez, se detiene.

Respira hondo y mira a Alba.

Ésta le hace un gesto de conformidad con el pulgar.

Bien, parece que el hipo se ha marchado.

—¿Ves como funciona?

—Sí. Muchas gra... ¡Hip!

El hipo de Val irrumpe con gran magnitud en la oscuridad de la sala 7, mientras en pantalla los dos protagonistas de aquella aburrida película se besan por primera vez.

Las risas ahora son más prolongadas.

Incluso alguien suelta alguna gracia que provoca carcajadas en el resto de los espectadores.

La chica no lo soporta más.

Se levanta de su asiento, avergonzada, y, con las manos cubriéndose el rostro, huye de allí.

Raúl amaga con salir tras ella, pero Alba le pide que no lo haga, que espere cinco minutos, que Valeria querrá estar sola ahora.

El joven asiente y se acomoda en su sitio.

Saca el móvil y le escribe a su novia.

Algo así le puede pasar a cualquiera.

Aunque tú no eres cualquiera, eres la mejor.

Eres única.

Te quiamo.

Desde noviembre juntos.

Con sus idas y venidas.

Con problemas, con risas y sonrisas, con mentiras, con terceros..., con todo lo que supone una relación de dos personas jóvenes que siguen madurando día tras día, en lo personal, en pareja.

Con todo eso y muchísimo más, la quiere.

Y sabe que ella también le quiere.

Aunque el otro haya vuelto.

Aunque el otro también la quiera.

Aunque no pueda evitar preguntarse, cada vez que se va a la cama, si realmente Val, su Val, estará pensando en él.

Alba está convencida de que Raúl está dándole vueltas a la cabeza por aquel tema que tanto le preocupa.

No le gusta ver a su amigo así, pero ella no puede hacer nada.

Debe ser fuerte, apretar los dientes y confiar en su novia.

Suspira y mira a Bruno, que come palomitas.

Le sonríe y es correspondida.

Bruno... El bueno de Bruno.

Su corazón se acelera y palpita a toda velocidad.

Su querido Bruno... E, imitando a la protagonista de la película y dejándose llevar por todo lo que siente, se lanza sobre él y le planta un enorme beso en los labios.

Uno más de todos los que se han dado en esos últimos dos meses.

Y de los que si fuera por ella le estaría dando toda la vida.

Tengo Un Secreto: El Diario De Meri

[Imagen: delVTWE.jpg]

Es la novela basada en el blog personal que escribe la intrigante Incomprendida en la película El Club de los Incomprendidos.

Basada en el besteller de Blue Jeans ¡Buenos días, princesa!, la cinta, que se estrenará el próximo 25 de diciembre, está producida por Bambú y Atresmedia y ya ha despertado una gran expectación en las redes sociales.

En la nueva novela, que arrasará entre todos sus fans, veremos cómo y por qué empezó todo, seremos cómplices de las dudas, miedos e inseguridades de todos los Incomprendidos y, por fin, sabremos cómo siguen sus vidas después del sorprendente final de ¿Puedo soñar contigo?

Primer Capítulo

​​​​​​Empezamos de nuevo.

Vuelta a la rutina.

Quería dejarlo todo zanjado antes de regresar a las clases, pero fue imposible.

No me atreví.

No fui capaz de decirle que ya no era como antes.

Que la seguía queriendo, pero no de la forma en la que se quiere a alguien a quien amas con los cinco sentidos.

¿Por qué era tan cobarde?

—¡Hola, pelirrojita!

Cuando sentí sus labios en los míos confirmé una vez más lo que ya sabía.

El amor, ese amor de hormigueo en el estómago y tembleque de rodillas, se había esfumado.

Ya no estaba ahí.

¿De quién era la culpa? ¿De ella? ¿Mía?

Posiblemente, de ninguna de las dos.

Son cosas que pasan a diario.

Cosas que ocurren a muchas personas.

Sientes y dejas de sentir.

Ya está, sin más explicaciones.

Y es que nadie controla lo que su corazón decide.

—Hola, guapa. ¿Cómo has dormido? —le pregunté a Paloma, como si no pasara nada.

—No he pegado ojo en toda la noche. Estaba muy nerviosa.

—¿Y eso? ¿Por qué?

—¡Una no cambia de instituto todos los días! —gritó ella abrazándome y apoyando su cabeza en mi hombro—. ¡Y menos si ese cambio es al instituto en el que estudia tu novia!

Novia.

Seguíamos siendo novias.

Nadie había dicho hasta ese momento lo contrario.

Ni había indicios ni pistas de que fuera a ser diferente.

—¡Ey! ¡Chicas! ¿Cómo estáis?

La voz de Ester llegó a nuestra espalda con la alegría de siempre.

Cuando nos giramos la vimos más bronceada que nunca, preciosa, con su flequillo en forma de cortinilla tapando su frente morena.

Arrugaba la nariz al sonreír.

Durante el último mes no nos habíamos visto demasiado.

Ella lo había pasado en casa de sus abuelos en algún lugar de la Costa del Sol y yo entre Madrid y Barcelona.

Al menos, las dos habíamos logrado aprobar las asignaturas que suspendimos en junio.

También Raúl y Valeria lo habían logrado.

Y un año más los Incomprendidos compartíamos curso: el último curso antes del paso a la universidad.

—¡Muy contenta de estudiar en el mismo sitio que vosotros! —exclamó Paloma lanzándose sobre ella y abrazándola cariñosamente—. ¡Va a ser un año increíble!

Aunque no íbamos a compartir clase, porque tiene un año menos, Paloma finalmente convenció a sus padres para matricularse en nuestro centro.

Tras insistirles hasta la saciedad, su deseo le fue concedido.

También el mío, si retrocedíamos unas cuantas semanas.

Pero ahora... Ahora tenerla tan cerca no parecía lo más conveniente.

No iba a ser sencillo verla tanto, a todas horas, sin explicarle lo que sucedía.

Aunque si se lo contaba sería peor.

Me sentía mal, pero tenía que decirle lo que sentía.

—Me alegro de verte tan contenta.

—¿Cómo no iba a estarlo? ¡Es un sueño hecho realidad!

Que yo convertiría en pesadilla si le hablaba de mis sentimientos hacia ella.

De ese cambio que había experimentado en las últimas semanas.

Otra vez sentí su boca rozar la mía ante la atenta mirada de Ester, que sonreía de oreja a oreja.

—¡Qué bonito es el amor! —exclamó ella suspirando—. Ya me gustaría a mí encontrar algo tan increíble como lo que tenéis vosotras.

—Tú podrías estar con el tío que quisieras y tener la más maravillosa historia de amor del mundo.

—No es tan sencillo, Paloma.

—Claro que lo es. Lo único que debes hacer es darle una oportunidad a...

En ese momento, un chico no demasiado alto, vestido con una sudadera roja y unos pantalones cortos vaqueros azules, llegó hasta nosotras.

Él no había ido a la playa en todo el verano y estaba blanquito como un vaso de leche.

Bruno se había cortado el pelo de una manera peculiar, acumulando gran parte del flequillo en la zona izquierda de su frente.

Estaba raro, aunque seguía siendo el mismo Bruno de siempre.

—¡Corradini! —chilló mi novia en cuanto lo vio.

Y estuvieron abrazados casi medio minuto.

Durante los meses de verano, Paloma y Bruno se habían hecho muy buenos amigos.

Sobre todo gracias a las largas conversaciones de WhatsApp entre ambos.

Ella me decía que la comprendía.

Que sabía qué decir para hacerle sentir mejor.

Poco a poco, sus problemas habían ido desapareciendo.

Y eso me hacía respirar tranquila porque todos lo pasamos muy mal cuando descubrimos que se autolesionaba.

Por ese motivo, tenía miedo de revelarle la verdad.

¿Y si recaía?

Nunca me lo perdonaría.

Las sensaciones hacia ella eran diferentes, pero le seguía teniendo un gran cariño.

Pero era un cariño diferente; mi amor había cambiado.

La vida te lleva por caminos insospechados.

—¿Cómo estáis, chicas? —preguntó Bruno tímidamente.

—Bien. ¿Y tú? ¿Te funciona ya el móvil?

—No ha dejado nunca de funcionar, Ester.

—Ah. Como no respondes mis mensajes...

—No me ha llegado ningún mensaje tuyo.

—Ya.

La tensión entre los dos se podía cortar con un cuchillo.

¿Motivo?

Un guaperas peinado como Harry Styles, de los One Direction.

Samuel, Sam como él se hace llamar, se había cruzado de nuevo en el camino de Ester.

Fue en agosto, en la playa.

Ella estaba tumbada en la arena leyendo Bajo la misma estrella y justo a su lado se sentó un tío que le resultaba familiar.

Pronto se descubrieron el uno al otro y lo que comenzó siendo un simple tonteo acabó por convertirse en un rollo de verano.

Evidentemente, esto a Bruno no le hizo ninguna gracia cuando se enteró.

Porque todos sabemos lo que él sigue sintiendo por Ester... Aunque lo niegue rotundamente.

Lo de esos dos parece la historia interminable.

—No discutáis, chicos —dijo entristecida Paloma abrazándome por la cintura—.¡Celebremos el primer día de curso con una sonrisa!

A pesar de que ninguno de los dos sonrió más, las aguas se calmaron y Bruno y Ester no volvieron a dirigirse la palabra.

Paloma y yo nos despedimos antes de entrar en clase.

Me ruboricé cuando me besó delante de mis compañeros de segundo de bachillerato.

Quizá alguno se enteró por fin de mi homosexualidad tras aquel beso.

Me di cuenta de la cara de sorpresa de varios de ellos y de la sonrisilla pícara de otros.

Sinceramente, me daba lo mismo lo que pensaran.

Tenía otras cosas más importantes de las que preocuparme.

—¡Chicos, aquí! —gritó al vernos una joven alegremente haciendo aspavientos desde la última fila de asientos de la clase.

Valeria estaba muy cambiada tras el verano.

Con los nervios de lo sucedido en aquella estación, había adelgazado bastante y había decidido teñirse el cabello de rubio, que le había crecido casi hasta el final de la espalda.

Raúl a su lado también hacía gestos para que acudiéramos hasta ellos.

Nos habían guardado tres mesas en la esquina de la parte derecha del aula.

Sonreían felices.

Los dos seguían formando esa pareja perfecta que da la impresión de que será para siempre.

Ambos se habían tenido que esforzar mucho para aprobarlo todo y pasar de curso.

Sacrificaron el verano, sin playa, sin piscina, con muchas horas en la casa de uno y de otro frente a los libros.

Hincaron los codos y estudiaron como nunca antes lo habían hecho.

Y tanta entrega, tanto empeño tuvo su merecida recompensa.

—Otro añito más, pelirroja —señaló Raúl tras darme dos besos en la mejilla.

—El último.

—Sí, el último. Esto se acaba.

Al pronunciar aquellas palabras me hizo recordar todo lo que habíamos pasado en aquellos años juntos.

Como si estuviera viendo una película de momentos importantes de nuestra estancia en el instituto.

Habíamos vivido tantas cosas.

De todo tipo, alegrías y penas.

De alguna manera, sentía nostalgia por el pasado.

Por aquellos años en los que éramos más que un simple grupo de amigos.

—Bueno, chicos. Intentemos que éste sea un gran curso. Un gran último curso —intervino Val.

Y a continuación sacó algo de debajo de la mesa que nos sorprendió al resto.

—No me lo puedo creer. ¿Te la han comprado?

—¡Sí! ¡Por fin!

Lo que mi amiga sostenía entre sus manos era un casco de moto blanco, adornado con un corazón alado.

—Ahora ya no tendré que venir andando —bromeó Raúl, arrebatándole el casco a su novia.

—¡Eh, tú! ¡Que la moto es mía!

—Pero la compartiremos. ¿Verdad?

La mirada de uno se perdió en la del otro.

Como si sólo existiesen ellos dos en aquella aula ya repleta de estudiantes vociferantes.

Valeria suspiró, asintió y se dieron un beso en los labios.

—Iros a un motel —protestó Bruno, apartando la mirada de ellos y sacando un cuaderno de su mochila.

Me encantaba ver a Val y a Raúl tan felices.

No lo habían pasado nada bien y que continuaran juntos tras los innumerables giros del destino era la prueba de que se querían mucho.

Se querían de verdad.

En cierta manera, sentía un poquito de envidia.

Yo había tenido algo parecido con Paloma hasta hacía unas semanas y no había sabido conservarlo.

Me daba rabia y sentía algo de impotencia.

Ella no se merecía a alguien como yo, sino a alguien mucho mejor.

—¿Estás bien, Meri? —me preguntó Ester, en voz baja, inclinándose sobre mí.

—Sí —respondí seca.

—¿De verdad? Te noto rara.

—No es nada, en serio.

—¿No es nada? Eso significa que hay algo.

—Bueno...

—¿Qué pasa? Sabes que puedes confiar en mí. Cuéntamelo.

—Yo...

La insistencia de mi amiga me hizo dudar.

Quizá si le decía lo que pasaba podría desahogarme y ver las cosas de otra manera.

—¡Buenos días, alumnos! ¿Cómo han pasado el verano? El mío ha sido horrible. No hay quien soporte el Caribe —ironizó el profesor de matemáticas, mientras dejaba una carpeta amarilla sobre la mesa.

La confesión a Ester tendría que esperar a un momento más adecuado.

La clase comenzaba.

Aunque antes sucedió algo que no me podía haber imaginado jamás.

Algo que me costó varios segundos asimilar.

Una despampanante chica morena con un vestido blanco inmaculado entró por la puerta del aula.

La conocía.

Sabía de quién se trataba.

Ella me miró a los ojos y sonrió.

También sabía perfectamente quién era yo.

¿Cómo no iba a saberlo después de aquel día?
Gracias a Muffet y a Voldia por sus Firmas.

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