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Blue Jeans: Algo Tan Sencillo Como Tuitear Te Quiero, Darte Un Beso, Estar Contigo 0 1 636

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Creado por:
#1
24 Jul 19 Hortaliza
[Imagen: a4oA7WM.jpg]

​​​​​​Me llamo Francisco de Paula Fernández González, aunque escribo bajo el pseudónimo de Blue Jeans.
 
  1. Nací en Sevilla, aunque toda mi adolescencia la pasé en Carmona.
  2. Estudié en el colegio Salesianos y luego en el instituto Maese Rodrigo.
  3. Cuando terminé, hice un año de Derecho en la Facultad de Sevilla.
  4. No era lo mío y decidí emprender la aventura de cambiar de carrera y de ciudad.
  5. Con 18 años me trasladé a Madrid, donde sigo viviendo, y comencé a estudiar Periodismo en la Universidad Europea.
  6. Me licencié e hice un master en periodismo deportivo.
  7. Al mismo tiempo, intenté estudiar Filología alemana en la Complutense, sin éxito.
  8. He colaborado con algunos medios, especialmente deportivos, pero no encontré ahí mi lugar.
  9. Durante varios años también entrené a a fútbol sala a niños en Palestra Atenea.
  10. Ahora me dedico a escribir novelas y a pasarme horas y horas en las redes sociales respondiendo las preguntas de los lectores.

Su Página Web:

http://www.lawebdebluejeans.com/

Algo Tan Sencillo Como Tuitear Te Quiero

[Imagen: Ax610xb.jpg]

En esta novela, conoceremos a un grupo de chicos y chicas que afrontan por primera vez la experiencia de vivir y estudiar lejos de la casa familiar.

Madrid se convertirá en su ciudad de acogida y la residencia, en su nuevo hogar.

Todos ellos tendrán sus propios problemas y deberán enfrentarse a las novatadas, la soledad, las nuevas relaciones que puedan surgir, las tentaciones poco recomendables…

A pesar de todo, y por encima de todo, triunfará el amor, la amistad y la lealtad al grupo.

Primer Capítulo

—Guau.

Aquel lugar es tal como aparecía en las fotos.

Elena intenta no perderse ni un detalle de lo que tiene delante.

Cuando cruza la verja de la entrada, observa el imponente edificio principal de tres plantas, repleto de ventanales, algunos con la persiana echada todavía.

A la derecha ve un campo de fútbol sala, con canastas de baloncesto a los lados; y a la izquierda, las pistas de tenis.

Son tres, de cemento azul.

Supone que detrás se encuentran la piscina cubierta y el gimnasio.

Pero lo que más le llama la atención es una especie de lago, con una cascada al fondo, que embellece la imagen de aquella residencia de estudiantes.

—¡Qué morro tienes! ¡Yo también quiero quedarme aquí! —grita a su lado una chica rubia, con el pelo recogido en una coleta alta.

—A ti todavía te quedan dos años de instituto, Marta —le comenta su madre mientras arrastra una de las maletas de su hija mayor.

—Seguro que esto está lleno de tíos buenos. No como en Toledo.

—¡Marta! ¿Desde cuándo piensas en eso?

—¿Me lo estás diciendo en serio, mamá?

—¡Claro que sí! ¡Hablo muy en serio!

Elena sonríe para sí al escucharlas discutir.

No es la primera vez.

Pero su madre no se entera de nada.

Si supiera que la pequeña de la familia ha tenido ya cuatro o cinco medio novios, se volvería loca.

Aunque es normal.

Su hermana se ha convertido en una adolescente preciosa y los tíos llevan varios años persiguiéndola.

Ella, en cambio, ni siquiera ha pensado en chicos todavía.

No le interesan.

A sus dieciocho años puede presumir de haberse mantenido al margen de cualquier tipo de relación y no haber tenido ni tentaciones.

Quizá es porque todavía no ha aparecido esa persona que le guste tanto como para preocuparse por el amor.

Sus intereses han sido otros: estudiar, prepararse bien en los años de instituto y su página web.

—¡Pero mira eso! ¡Madre mía! —exclama Marta señalando a dos chicos en pantalón corto que también van cargados con sus equipajes—. Creo que voy a venir mucho a visitarte.

Los ojos de Elena se dirigen hacia donde su hermana indica.

Por una vez, debe darle la razón.

Los dos son bastante llamativos.

Uno es alto y moreno; el otro, un poco más bajo, con el pelo corto castaño y con pinta de atleta.

Lleva una camiseta sin mangas y sujeta una bolsa de mano, aparentemente muy pesada, sin ningún esfuerzo.

Ambos entran en el edificio antes que ellas.

—Cuando regresemos a Toledo, vamos a hablar tú y yo de esto —le recrimina Pilar a su hija menor.

—¿Otra vez? Venga, mamá, que no soy una niña. Tengo ya dieciséis años.

—Eres muy joven todavía. No quieras crecer antes de tiempo.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme en casa? —la desafía la chica—. ¿Hay alguna ley que prohíba que salga con chicos?

Cada vez que hace algo que sus padres no aprueban, Marta recurre a la misma pregunta: «¿Hay alguna ley que prohíba...?».

Y es que, aunque los dos son abogados, no siempre encuentran argumentos para frenar los impulsos de su hija pequeña.

Con Elena, en cambio, no tienen ese problema.

Nunca les da dolores de cabeza.

Es muy responsable y piensa las cosas antes de hacerlas.

Además, se sienten muy orgullosos de que quiera seguir sus pasos.

Ha elegido Derecho como carrera y ambos están seguros de que será una gran jurista.

—¿Vais a continuar con la discusión aquí en medio o entramos de una vez?

Su madre y su hermana aparcan la disputa momentáneamente y comienzan a subir la escalera de mármol que conduce a la puerta principal del edificio.

Elena carga con la maleta más pesada y casi no puede con ella.

Cada escalón es un sufrimiento.

—Pero ¿cómo es posible que no haya una rampa para...? —murmura.

Entonces se da cuenta de que sí existe una rampa para subir, a su derecha.

Había estado tan pendiente del rifirrafe entre su hermana y su madre y de aquellos dos chicos que no se había fijado.

Maldice su torpeza en un susurro crispado e intenta volver a bajar los escalones para enmendar su error.

Sin embargo, el asa se le escurre de las manos y la maleta aterriza en el suelo, golpeando en su descenso, uno por uno, todos los peldaños de mármol que ya había subido.

—Pero, Elena, ¡qué has hecho! —grita su madre, alterada, desde la puerta del edificio.

La chica se lleva las manos a la cabeza y, a continuación, baja rápidamente a comprobar los daños.

La maleta está abierta de par en par, con parte de su ropa esparcida por el suelo, como si hubiera decidido montar allí mismo su particular top manta.

Avergonzada, se agacha y comienza a guardarla de nuevo.

—¿Quieres que te ayude?

Es una voz masculina, dulce y agradable.

Cuando Elena alza la mirada, ve a un chico con el pelo corto, moreno y de grandes ojos verdes.

Un simpático hoyuelo le marca la barbilla, y luce un pequeño tatuaje en el cuello.

Parece un ave fénix.

También se agacha para echarle un cable.

—No, no te preocupes —responde muy seria y tensa.

Se da cuenta de que sostiene un tanga rosa en sus manos y rápidamente lo esconde bajo el resto de la ropa.

El joven sonríe y se incorpora.

—Como tú quieras —comenta.

Cualquier otro probablemente se hubiera marchado, pero él decide permanecer junto a ella.

Elena continúa recogiendo su ropa y observando de reojo a aquel chico.

¿Por qué no se va de allí? ¿Qué pretende?

—Perdona, ¿quieres algo?

—Asegurarme de que tu maleta y tú llegáis enteras arriba.

—Ah. No sabía que en esta residencia te asignaban un ángel de la guarda nada más llegar.

—¿Sí? Yo tampoco lo sabía. Soy novato como tú. Aunque me di cuenta de que había una rampa y subí mi maleta por ella.

Le hace gracia lo que dice, pero no piensa reírle la broma.

Elena cabecea y se pone de pie.

Ya ha guardado toda la ropa en la maleta.

Pero aparece un nuevo problema.

¡No cierra!

—Oye, ¿por qué tardas tanto? —le pregunta Marta, que ha bajado la escalera hasta donde está su hermana.

La chica entonces pone sus ojos en el joven que acompaña a Elena.

¡Es guapísimo!

Y ese tatuaje en el cuello le hace terriblemente sexi.

Marta sonríe como una tonta.

Se ha puesto tan nerviosa que ni le salen las palabras.

—Hola. Eres su hermana, ¿verdad?

—Sí, es mi hermana —se adelanta a responder Elena algo molesta—.

Marta, ayúdame a cerrar esto.

La chica obedece, aunque se le ha instalado una sonrisa ingenua en la cara de la que no puede deshacerse.

—Me llamo David. ¿Vosotras?

—Ella es Marta; y yo, Elena —contesta la mayor de las hermanas sentándose sobre la maleta e intentando cerrarla.

—Encantado, Marta y Elena...

—Igualmente, David.

—¿Me dejáis que os ayude? Terminaremos antes.

Marta asiente con la cabeza, sin hablar.

Elena trata de hacer fuerza una última vez, pero sin éxito.

Así que se da por vencida y accede a que David colabore.

Las dos chicas se sientan sobre la maleta, algo que aprovecha el joven para hacer presión y ajustar los dos cierres.

El ruido de dos clics indica que la operación ha sido un éxito.

Cerrada.

—Por fin... —resopla Elena—.Gracias.

—De nada.

Y, dejando a su hermana pequeña junto al chico, camina hasta la rampa, arrastrando la maleta, y la sube.

Menudo estreno.

¡No podía empezar con peor pie!

Se sonroja al pensar que ese tío ha visto su ropa interior tirada por el suelo.

Solo espera que aquello no sea un presagio de lo que le espera en los próximos nueve meses de curso.

Su madre la recibe cuando llega a la puerta de entrada del edificio.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes —responde.

Y mira hacia abajo, donde su hermana y David dialogan animadamente.

Los dos ríen.

—¿Entramos entonces?

—Sí, vamos.

Madre e hija cruzan la puerta giratoria.

Al fondo, se halla la recepción de la residencia.

Los dos chicos que vio nada más llegar se encuentran allí todavía.

Un hombrecillo calvo y con gafas les acaba de entregar una llave a cada uno.

Los estudiantes le dan las gracias, cogen su equipaje y se marchan por el pasillo de la izquierda.

Elena los sigue con la mirada hasta que desaparecen tras una puerta verde oscuro en la que pone «1B» en grande.

—¿En qué puedo ayudarlas? —les pregunta el recepcionista cuando están frente a él.

—Soy Elena Guillermo. Estoy inscrita en esta residencia.

El bedel se gira hacia un ordenador y teclea el nombre que acaba de escuchar.

Lee la pantalla y toma unas notas en un papel.

Luego se dirige otra vez a la joven y le sonríe con amabilidad.

—Bienvenida a la residencia Benjamin Franklin, Elena. Mi nombre es Jesús y estoy aquí para ayudarte en lo que necesites.

—Gracias, Jesús.

—Tienes que rellenar este formulario —dice mientras le entrega una hoja que saca de debajo del mostrador—. Puedes hacerlo en tu cuarto si quieres y me lo das después. Es una ficha de residente.

—Muy bien. Gracias.

—Además, léete esto cuando puedas —señala mostrándole un pequeño cuaderno plastificado—. Son las normas de la residencia.

—Lo haré enseguida.

El hombrecillo se gira y coge una llave de un panel que tiene detrás.

Se da la vuelta otra vez y se la entrega a Elena, que ha guardado el cuadernillo con las normas en el bolso.

—Tu habitación es la 1151, en el pasillo 1B. Es ese de tu izquierda. Bienvenida. Espero que tu estancia aquí sea satisfactoria.

—Muchas gracias. Seguro que sí.

Elena y Pilar se despiden de Jesús.

Las dos caminan hasta la puerta que el hombre les ha indicado.

La misma que atravesaron los dos chicos que se registraron antes que ella.

—No sabía que chicas y chicos compartían pasillo en esta residencia.

—Yo tampoco, mamá.

La joven abre la puerta del 1B y coloca la maleta delante para evitar que se cierre.

Oye ruido y gente hablando al fondo, pero no ve de quién se trata.

El pasillo es bastante ancho y lo componen nueve habitaciones, de la 1151 a la 1159.

Las impares quedan a la izquierda y las pares a la derecha, salvo la 1159, que está justo en el centro, al final del pasillo.

La suya es la primera del lado izquierdo.

—Espero que esto no suponga una distracción para ti.

—¿El qué?

—Que vivas puerta con puerta con chicos.

—Mamá, no soy como Marta. Sé que aquí vengo a estudiar.

Su madre no las tiene todas consigo.

Es verdad que Elena siempre ha sido muy responsable y que nunca les ha dado problemas.

Pero tener tan cerca la tentación... Recuerda cuando ella estaba en la universidad y lo que le complicó la carrera conocer al que hoy es su marido.

No fue fácil compaginar los estudios con la relación, que pasó por mil y un altibajos en aquellos años.

Aunque finalmente hubo final feliz y ambos lograron su objetivo y terminaron casándose.

—Bueno, espero que eso no se te olvide. Derecho es hincar los codos y dedicarle muchas horas. Debes centrarte en la carrera si quieres sacar buenas notas.

—Tranquila, mamá. Lo tengo todo muy claro.

La chica alcanza de nuevo la maleta y la deja junto a su puerta.

Después mete la llave en la cerradura de la 1151 y abre.

La habitación no es demasiado grande, aunque parece acogedora.

Lo primero que hace Elena es sentarse en la cama y dar unos botecitos sobre el colchón para comprobar su elasticidad.

Mientras, su madre sube la persiana y abre la ventana.

Entra bastante luz.

Desde allí puede ver el lago y la cascada.

—¿Te gusta la habitación? —le pregunta Pilar admirando el paisaje.

—Sí, es como en las fotos. Y me encanta la vista que me ha tocado.

La joven echa un vistazo a su alrededor.

Le agrada el color amarillo clarito de las paredes y el techo.

Sabe que allí pasará muchas horas encerrada, estudiando, durante los próximos meses.

El escritorio es amplio y en la estantería de madera tiene suficiente espacio para todo lo que se ha llevado: libros, fotos de su familia y amigos de Toledo, ordenador portátil, algún peluche...

—El armario está muy bien. Creo que aquí cabrá toda tu ropa —indica su madre, que lo está inspeccionando todo con ojos de sargento.

—Menos mal.

—¿Te has traído la plancha pequeña?

—Por supuesto.

La ropa y su aspecto es algo fundamental para Elena.

Ha leído en algunos foros de la universidad que los estudiantes de Derecho suelen ir, en su mayoría, muy bien vestidos a clase.

Ella no iba a ser menos.

Siempre le ha gustado arreglarse y maquillarse adecuadamente.

Su madre le enseñó a hacerlo desde que era pequeña.

La chica se levanta de la cama y entra en el cuarto de baño.

Es muy sencillo.

Pequeñito, funcional y con un plato de ducha.

Elena se mira en el espejo y piensa en el gran paso que está dando.

Aquel día supone el comienzo de una nueva etapa en su vida.

—¿Se puede? —preguntan desde el umbral de la puerta, que permanece abierta.

—Claro. Adelante.

Elena sale del baño y observa a su hermana pequeña, que no viene sola.

La acompaña David, el chico que las ha ayudado antes a cerrar la maleta.

Sus miradas coinciden un instante, hasta que la joven, ruborizada, la aparta hacia otro lado.

—Marta, no te vayas muy lejos, que nos vamos a marchar dentro de poco —le advierte su madre al escuchar la voz de su hija menor.

—¿Ya? ¿No nos quedamos a comer?

—No podemos. Tengo mucho trabajo en el despacho.

La chica protesta y suelta una palabra malsonante en voz baja.

Le hubiera gustado pasar más tiempo con aquel chico sevillano tan guapo y tan amable.

Está cansada de los tíos del instituto, que solo van a lo que van y que, para colmo, son unos inmaduros.

—¿Cuál es tu habitación? —le pregunta a David mientras busca algo en su bolso.

—La 1152. Está enfrente.

—¿En serio? ¿Eres vecino de mi hermana?

—Eso parece.

Elena oye la conversación entre los dos y se sorprende.

Aquel chico será uno de sus compañeros de pasillo durante el curso.

Lo vuelve a mirar sin que él se dé cuenta.

Está pendiente de algo que Marta está escribiendo en un papelito: su wasap y su cuenta de Twitter.

No puede negar que aquel chico está francamente bien.

Y parece bastante agradable.

¿Por qué antes, en la escalera, se puso a la defensiva con él?

También ha conseguido que se sonroje.

¡Dos veces!

No es propio de ella.

Ningún tío ha logrado lo que aquel en apenas unos minutos y prácticamente sin desearlo.

No cabe duda, algo pasa.

Pero no tendrá tiempo para averiguarlo.

¡Está allí para estudiar! ¡Para convertirse en una gran abogada!

Sus padres confían en ella y va a hacer lo posible para que continúen orgullosos.

Los chicos no le interesan.

David no le interesa.

O al menos eso es de lo que intenta convencerse aquel 10 de septiembre en un lugar de la ciudad.

Algo Tan Sencillo Como Darte Un Beso

[Imagen: MtADkqm.jpg]

David, Elena, Óscar, Iria, Julen, Manu, Ainhoa y Toni, los chicos del pasillo 1B vuelven a la residencia Benjamín Franklin después de las vacaciones de Navidad.

Con ellos, también las nuevas parejas de David y Elena, Marta y Martín, que siguen adelante con su relación.

Pero no están todos, falta Nicole, que tuvo que marcharse a Valencia, con su familia, tras sufrir una agresión xenófoba en el Starbucks donde trabajaba.

Los chicos la echan mucho de menos, y ella está deseando volver, pero su familia no quiere ni oír hablar de ello; aún no se les ha quitado el susto del cuerpo.

Aunque aparentemente todo sigue igual, los chicos se enfrentarán en este nuevo trimestre a las más variopintas situaciones: fenómenos semiparanormales, cambios de rumbo inesperados y la aparición en sus vidas de alguien que no debería estar, nuevos amores sorprendentes y otras rupturas previsibles.

Primer Capítulo

—No sé cómo me has convencido para que haga esto. Me da muy mal rollo.

—Si es una tontería, cariño —replica ella.

—Jugar con los muertos no es ninguna tontería.

Elena resopla.

Sabe que Martín tiene razón.

A ella tampoco le hace ninguna gracia, pero le debe una a Manu.

Una muy grande.

Es la chica la que se adelanta a su novio y, con los nudillos, da unos golpecitos en la puerta de la habitación 1156.

Enseguida aparece el malagueño, que los recibe con una amplia sonrisa.

—Al final te has atrevido —le comenta Manu, invitándolos a pasar.

—Por supuesto que me he...

La joven se queda sin palabras cuando contempla el inquietante interior del dormitorio.

La persiana está bajada y casi no se ve nada.

La oscuridad no es total por culpa de cuatro llamas que arden en la cumbre de otras tantas velas.

Una de ellas ilumina el rostro de David, que, sentado en el suelo, da la bienvenida a Elena saludándola con la mano.

El mismo gesto dedica a Carmona, pero este le corresponde con cierta frialdad.

—No sabía que tú vendrías —señala la toledana, ocupando un lugar junto a él.

Martín también se acomoda al lado de su chica.

El sevillano se encoge de hombros y suspira.

Él, en cambio, sí sabía que ella estaría allí y que posiblemente acudiría con Carmona.

Desde que empezaron a salir, la acompaña a todas partes.

—Cuantos más seamos, más energía acumularemos —apunta Manu visiblemente emocionado—.

Y todavía falta uno.

Dos golpes en la puerta sobresaltan a los cuatro chicos, que dan un respingo.

El malagueño suelta una carcajada nerviosa y abre.

Se trata de Toni.

—Hola, chicos. ¿Qué tal?

Todos saludan sin demasiado entusiasmo al valenciano, que se sienta en el suelo a la izquierda de Martín Arias Carmona tras pedirle permiso.

A Elena aún le late el corazón a mil por hora.

No le gusta aquello.

Pero debe pagar el precio del terrible error que cometió.

—Ya estamos todos. Podemos empezar.

Las palabras de Manu siembran el nerviosismo en el resto de los chicos.

El malagueño camina hasta el armario, lo abre y, de la balda de arriba, alcanza una caja.

La baja y la coloca sobre la cama.

—Esto es una locura —le dice al oído Martín a Elena.

—Tranquilo. Todo irá bien.

—No entiendo qué pintamos aquí nosotros.

—Ya te lo he dicho: perdí con él la apuesta de la que te hablé —miente la chica, que no le ha confesado la verdadera razón por la que se encuentran allí—. Y este es el castigo que tengo que cumplir.

—¿Y no podía haberte pedido otra cosa?

—Sí, pero esto es lo que quiere y me tengo que aguantar. Y ya sabes que siempre cumplo con mi palabra.

Martín mueve la cabeza contrariado.

Aquel asunto es muy extraño desde el principio.

No entiende por qué ella apostó con el malagueño algo tan tonto: que este no era capaz de llegar al primer día de universidad, después de las vacaciones de Navidad, y no faltar a ninguna clase durante esa semana.

Por lo visto, Manu había cumplido y le había ganado la apuesta a Elena.

—¿Y estás segura de que no ha fallado a ninguna?

—Julen me ha dicho que ha ido a todas las clases esta semana —admite Elena bajando aún más la voz—. Tenía que picarlo con algo así. Ni siquiera se presentó a los exámenes del primer cuatrimestre. Las ausencias de Manu habían sido constantes durante la primera parte del curso.

Ninguno de ellos, ni siquiera Julen, sabía adónde iba.

Desaparecía y aparecía sin dar explicaciones y, cuando se las pedían, se enfadaba y volvía a desaparecer.

Todos estaban preocupados por el malagueño, y Elena incluso había mantenido una conversación con él para que reaccionara tras enterarse de que no había acudido a los exámenes finales.

Sin embargo, nada tenía que ver eso con su presencia en aquella reunión.

Que la toledana estuviera en ese momento en la habitación 1156 del pasillo 1B de la residencia Benjamin Franklin se debía a otra cuestión.

Un chantaje, una amenaza por un fatal error del que ella misma tenía la culpa.

—Os voy a enseñar lo que un buen amigo me ha regalado estas Navidades —dice Manu, ocupando el lugar libre que queda en el suelo de su cuarto junto a los otros cuatro—. Espero que ninguno se acojone y salga pitando.

Los chicos contemplan intrigados la caja que el malagueño ha depositado en el suelo.

Levanta la tapa y de su interior saca un tablero.

Es de color hueso y tiene dibujadas en negro y con caligrafía barroca todas las letras del abecedario y los números del cero al nueve.

Además, en la parte superior están escritas las palabras «sí», «no» y «quizá»; y abajo, «hola» y «adiós».

—Así que esto es una ouija —interviene Toni visiblemente alterado.

—Exacto. Una ouija en español —indica Manuel, extrayendo también de la caja un indicador blanco y colocándolo sobre el tablero—. Antes de empezar, os voy a leer una serie de consejos que debemos tener en cuenta.

Todos escuchan atentos al malagueño, que recita con énfasis y voz profunda algunas recomendaciones que ha anotado en una pequeña libreta acerca de cómo realizar correctamente una sesión de espiritismo.

—La ouija es una herramienta para ponerse en contacto con entes que habitan en otras dimensiones. Para conseguir una sesión limpia y positiva, es necesario que todos los participantes tengan buenas vibraciones y se liberen de cualquier prejuicio. No hay que tener miedo. El miedo destroza las vibraciones e impide que la energía se canalice adecuadamente. En una sesión pueden aparecer diversos tipos de entes. Algunos serán positivos, amables, incluso tal vez encuentres a ese con el que deseabas contactar. Sin embargo, también existen espíritus burlones, pequeños demonios o entes negativos que pueden resultar peligrosos. La ouija no es un juego. Así que, si no estás seguro de vencer tus miedos o piensas que no eres capaz de aceptar lo que puedes encontrar, mejor que abandones la sesión.

A continuación, el malagueño, también leyendo la libreta, les cuenta cómo deben actuar y cuáles son los pasos a seguir.

Cuando termina, observa uno por uno a sus compañeros.

Aunque ninguno parece tranquilo, hay alguien que está más nervioso que el resto.

—No puedo con esto. Es superior a mí —admite Martín poniéndose de pie—. De verdad, perdóname — le dice a su desconcertada novia antes de darle un beso en la boca y salir de la habitación.

Después de un significativo silencio provocado por la sorpresa que ha supuesto la reacción del veterano, la carcajada de Manu suena atronadora en la habitación.

—Menudo novio te has echado. Como para que te tenga que defender de alguien.

—No te metas con él. Martín es muy aprensivo con estas cosas.

—Es un cobarde.

—¡No es ningún cobarde! Ya te gustaría a ti parecerte a él.

—¿A ese? Ni de coña —se burla Manu, riéndose de nuevo—. Un tío de veintiún años al que le dan miedo los fantasmitas y deja sola a su novia, aterrorizado. ¡Venga ya! No me extraña que tú...

—¡Cállate! —grita Elena enfadada—. Déjalo en paz. ¿No me tienes a mí aquí? Pues pasa de él y terminemos con esto de una vez.

Tras desahogarse, la chica se gira hacia David, que aparta la mirada y agacha la cabeza.

Desde que ella entró en la habitación, no ha dicho ni una sola palabra y ha preferido mantenerse al margen de la discusión.

También él está ahí por algo que nunca debió suceder.

—Muy bien. Si nadie más quiere huir, podemos empezar. ¿Tenéis los móviles en silencio?

Ninguno de los otros tres había quitado el volumen de su teléfono.

Lo hacen y esperan las siguientes instrucciones.

—Exactamente, ¿qué vamos a hacer? —pregunta Toni, que siempre ha sentido curiosidad por lo paranormal.

Por ese motivo se prestó como voluntario para echarle un cable a Manu—. ¿Buscamos a alguien en concreto?

—Quiero hablar con mi abuela. A ver si está en línea.


La respuesta del malagueño acompañada de una sonrisa divertida desconcierta a los demás.

Parece que se está tomando aquello a la ligera.

—Una de las cosas que has leído antes es que esto de la ouija no es ningún juego —protesta Elena, cansada de la actitud de su amigo.

—Y es verdad. Estamos haciendo esto porque deseo preguntarle algo a mi abuela. Quiero que me dé la receta de una salsa que le echaba a la pasta y que estaba... Mmm —dice mientras, en un gesto muy teatral, se chupa los dedos.

Elena cabecea harta y resopla con fastidio.

Toni, en cambio, sonríe ante la broma de Manu.

David ni siquiera pestañea; continúa sin hablar, muy serio.

No le apetece estar en esa habitación, pero no le queda más remedio.

La ouija no le da miedo, ni cree en espíritus, ni en entes que habiten en otras dimensiones.

No le cabe la menor duda de que, si pasa algo extraño, el malagueño estará detrás de ello.

—Bueno, ya en serio. Es la hora de los muertos. Colocad todos un dedo sobre el puntero.

Los tres se inclinan y hacen caso a Manu.

Cada uno pone el índice de la mano derecha sobre aquella especie de flecha blanca que utilizarán como lector.

—¿Hace mucho que murió tu abuela? —quiere saber Toni, que se encuentra bastante más nervioso de lo que imaginaba.

—Hace unos años. Voy a preguntar si está por aquí —indica con expresión más seria—. Abuela, ¿estás presente en esta habitación?

El grupo observa fijamente el puntero para comprobar si se mueve.

Sin embargo, permanece quieto.

—Abuela, si estás por aquí, dínoslo. Estoy esperándote. Abuela, ¿hola?

Pero nada cambia.

El lector continúa sin moverse un ápice.

Esperan unos segundos en silencio, hasta que Manu insta a Toni a que continúe él.

El valenciano en principio se niega, aunque termina dejándose convencer.

—Abuela de Manu, ¿estás por aquí? —pregunta tembloroso—. ¿Hay alguien en la habitación?

En ese instante, el puntero comienza a desplazarse y se dirige hacia la palabra «hola».

Elena da un pequeño grito y Toni está tentado de levantarse y salir corriendo; si no lo hace es por vergüenza torera.

David y Manu, por su parte, mantienen la calma.

—Hola. ¿Abuela, eres tú?

El indicador sube rápidamente hasta la palabra «no».

—¡Venga ya, Manu! ¡Eres tú el que lo está moviendo! —exclama David, que no se cree nada de lo que está pasando y aparta el dedo.

—Yo no he hecho nada.

—¡No juegues con esto, por favor! —interviene Elena asustada, también alejando su mano del tablero.

—¡Que no estoy jugando, joder! ¡No he sido yo el que ha movido el puntero! ¡Os lo juro!

Los cuatro se quedan en silencio, observándose unos a otros.

Toni también retira su dedo y se incorpora.

—He notado muy claro cómo has empujado el puntero —insiste el sevillano.

—Di lo que quieras, capullo. Pero yo no he empujado nada.

—Ya, seguro.

Durante varios minutos, David y Manuel se enzarzan en una discusión en la que también participa Elena.

A pesar de que poco a poco los ánimos exaltados se van apaciguando, ninguno cambia de postura.

—Si no creéis en esto, podéis marcharos —sugiere el malagueño—. Pero yo necesito saber quién se ha puesto en contacto con nosotros.

—Yo también quiero saberlo —dice Toni, sentándose de nuevo en el suelo.

—El que no desee estar aquí que se vaya. No quiero más cobardes en mi cuarto.

La mirada de Manu pasa desafiante de Elena a David.

A ninguno de los dos les agrada continuar allí, pero a ambos les puede el orgullo.

Los cuatro vuelven a colocar el dedo sobre el indicador blanco, decididos a continuar la sesión.

—Si os quedáis, no interrumpáis más hasta que terminemos las preguntas.

David y Elena asienten sin decir nada.

La chica experimenta cierto temor por lo que pueda pasar, pero ese mismo miedo, esa incertidumbre, son los que la retan a continuar allí.

El joven sevillano, en cambio, está convencido de que todo es una farsa del malagueño.

—El ente se ha puesto en contacto contigo, Toni. Continúa tú —le propone Manu.

El valenciano acepta, aunque la tensión hace que le tiemblen las piernas y, al mismo ritmo, le bailen las ideas.

¿Qué tenía que preguntar?

—¿Qué le digo?

—Pregúntale con quién estamos hablando.

Pero sin que Toni tenga que abrir la boca, el indicador se mueve a un lado y a otro rápidamente, deteniéndose en varias letras.

Son solo veinte segundos.

—¿Alguno ha leído lo que nos ha dicho? —pregunta Manu después de dar un grito de emoción.

—Creo que ha dicho que se llama Rocío Costa.

—¿Rocío Costa? No conozco a nadie que se llame así. ¿Vosotros?

Toni niega con la cabeza.

Tampoco Elena recuerda a alguien con ese nombre.

Sin embargo, David tiene los ojos abiertos como platos y el pánico se ha apoderado de él.

No les va a contar nada a los otros, pero Rocío Costa es el nombre de la chica a la que su exnovia atropelló con su moto y que lleva más de dos años muerta.

Algo Tan Sencillo Como Estar Contigo

[Imagen: qBOOBk1.jpg]

Los chicos del pasillo 1B acaban de regresar de las vacaciones de Semana Santa para afrontar el final de su primer año universitario.

No están todos los que empezaron, ya que Manu lleva más de dos meses sin aparecer por la residencia Benjamin Franklin.

El malagueño le ha dicho a Iria que volvería, pero no ha cumplido con su palabra. 

Esos últimos meses de curso prometen ser muy agitados.

Óscar y Ainhoa parecen ser de nuevo amigos, aunque uno de ellos necesite más; Julen ha encontrado el amor, como Toni, a quien Isa come Pizza le plantea un reto imposible para ser su novia. 

Además, la habitación 1155 tiene nueva inquilina.

La extremeña Silvia se pasa las horas entregada a su carrera, Arquitectura, pero esconde un secreto, que termina contando a David.

¿Surgirá algo entre ellos?

A Elena, quizás, no le haga demasiada gracia, porque después de que su hermana cortara con el sevillano, se replantea sus sentimientos hacia él, día tras día. 

Con Algo tan sencillo como estar contigo termina la historia.

Sin embargo, los constantes giros y sorpresas que contienen sus páginas te mantendrán alerta hasta el último capítulo.

Primer Capítulo

Se quita la gorra un instante y se peina con un cepillo, alisando su larga cabellera rubia.

Se mira en el espejo del baño y vuelve a cubrirse la cabeza.

Le gusta hacerlo desde pequeña, cuando su padre la llevaba a jugar al fútbol, para protegerse del intenso sol extremeño.

Era portera y no lo hacía nada mal.

Se lanzaba valiente a por la pelota y no les tenía miedo a los chicos con los que competía.

Al contrario.

Cuanto más fuerte era el rival, más se motivaba.

Los que ya la conocían no se dejaban engañar por la dulzura que transmitían sus preciosos ojos azules, ni por su aspecto de niña buena.

Silvia Urbiola era una auténtica guerrera dentro del campo y había que sudar tinta china para marcarle un gol.

Aunque desde aquello han pasado algunos años.

Ya ha cumplido los dieciocho y hace tiempo que no se pone bajo los palos de una portería.

Y no lo puede negar: lo echa de menos.

Sale de la 1155 y se dirige hacia el comedor, con el móvil y el tique del desayuno en las manos.

Es sábado, muy temprano, pero a ella no le gusta quedarse en la cama hasta tarde.

En cuanto se despierta, se ducha y comienza a funcionar.

Sin excusas, sin parafernalias.

Aunque sea fin de semana.

Lo hacía así mientras vivía con sus padres en Cáceres y en el apartamento que compartió en sus primeros meses como universitaria.

También ahora en la residencia Benjamin Franklin.

Fue una suerte no haberse dado de baja en la lista de reservas para obtener alguna plaza que quedara libre.

Si lo hubiera hecho, no habría dispuesto de la oportunidad de ocupar aquella habitación en el pasillo 1B.

Y habría tenido que aguantar a sus dos compañeras de piso hasta el final de curso.

A pesar de que apenas ha cruzado alguna palabra con otros residentes en los cinco días que lleva allí, prefiere el anonimato al infierno que ha sufrido en las últimas semanas.

Sin embargo, no estaría mal conocer a alguien con quien al menos charlar de vez en cuando.

Para ello, tendrá que salir más de su cuarto, donde se pasa la mayor parte del día.

El comedor está completamente vacío.

Lógico.

Es demasiado pronto para la mayoría.

De hecho, acaban de abrir las puertas del desayuno.

Se sirve en un tazón cereales de miel y leche semidesnatada con una cucharada de azúcar, y se sienta en una de las mesas para cuatro de la zona izquierda de la sala.

Mientras come, repasa en su móvil las redes sociales.

Tiene un mensaje privado en Facebook.

Es de él.

«Seguro que todavía estás durmiendo, aunque faltará poco para que te despiertes. Son las tres de la madrugada en Buenos Aires. Malditas cuatro horas de diferencia. Pero la distancia terminará pronto entre los dos. Cuento ansioso los días que restan para que nos veamos. Dentro de poco podré besar esos labios que tanto tiempo llevo deseando probar. Mayo será el mejor mes de mi vida. No te olvides de lo mucho que te quiero. No puedo dejar de pensar en vos. Luego hablamos. Me marcho a dormir. Buenos días, muñeca de ojos azules».

Silvia lee un par de veces más el texto que ha recibido hace aproximadamente una hora y cuarto.

Se ajusta la gorra y suspira.

Exactamente quedan treinta días.

Ella también lleva la cuenta.

El 11 de mayo, Gabriel volará desde Argentina a España y coincidirán en persona por primera vez.

—Perdona, ¿puedo sentarme?

La joven levanta la mirada y ve a un chico con el que se ha cruzado en dos o tres ocasiones.

Estaba tan ensimismada con el mensaje de Facebook que no se ha dado cuenta de que ha entrado en el comedor.

—Sí, claro —responde ella algo confusa.

—Te he visto varias veces por la residencia. Creo que ya va siendo hora de que nos presentemos —indica el joven, soltando la bandeja sobre la mesa—. Me llamo David, mi habitación es la 1152. Somos vecinos de pasillo.

—Yo soy Silvia. Encantada.

Ninguno de los dos se levanta para darle dos besos al otro.

Simplemente se sonríen.

La joven se guarda el móvil en el bolsillo de la sudadera y continúa con su desayuno.

De reojo, observa a su compañero de mesa.

Sin duda, es uno de los tíos más guapos que ha visto en su vida.

¿Y esa forma de presentarse?

Le ha recordado al comienzo de ¿Conoces a Joe Black?, en el que Brad Pitt y Claire Forlani se conocen en una cafetería.

Le llama la atención el tatuaje que adorna su cuello: un ave fénix imponente.

—¿Qué tal los primeros días en la residencia? —pregunta David, que unta mantequilla en una tostada de pan de molde—. ¿Te has adaptado bien?

—Sí. Más o menos. Aunque todavía no me ha dado tiempo de conocer a nadie.

—Normal. Llevas muy poco con nosotros.

—¿Aquí sois todos amigos o cada uno va por su lado?

—Hay de todo. Los del pasillo en el que tú y yo estamos nos llevamos bastante bien.

Durante un buen rato, el chico se recrea y le describe a los componentes del 1B.

Se anima a revelar alguna peculiaridad de cada uno.

Le habla de Toni, el valenciano rapado, y de su vicio por la consola; y también de Iria, la pequeña gallega de enérgico carácter y su inseparable Julen, el navarro al que le tiene cariño todo el mundo.

Menciona después a Óscar y su guitarra y a Ainhoa, que acaba de volver a Madrid después de un tiempo en Las Palmas, aunque prefiere no revelarle los motivos de la ausencia de la canaria.

Cuando nombra a Elena, no le cuenta cómo están las cosas entre ellos ahora mismo, ni que salió durante unos meses con Marta, su hermana pequeña.

—Es la perfeccionista del grupo —indica en alusión a la toledana—. Pero se ha ido relajando con el paso de las semanas. Seguro que os llevaréis bien.

Eso espera.

Después de la mala experiencia del piso compartido, no quiere más enemigos.

Han sido unos meses muy duros.

Cuando salió de Cáceres nunca imaginó que el azar le buscaría dos compañeras tan complicadas.

Enseguida le pusieron una cruz por ser distinta a ellas: no fumaba marihuana, no salía de noche e intentaba no saltarse clases.

Para colmo descubrieron lo del argentino y desde entonces todo fue a peor.

—La habitación en la que tú estás antes la ocupaba Nicole —prosigue David—, una chica peruana que ha regresado a Valencia, donde viven su madre y sus hermanos.

—¿Por qué volvió? ¿No consiguió adaptarse?

—No, no fue por ese motivo. Antes de Navidad sufrió un ataque racista en la cafetería donde trabajaba en Callao. Se marchó a Valencia a recuperarse y su madre no la ha dejado volver.

—Pero ¿está bien?

—Sí, físicamente se ha recuperado por completo de los golpes que le dieron. Y mentalmente es muy fuerte. Ella quiere regresar a Madrid, pero su familia tiene miedo de que se repita lo sucedido y no se lo permite. La echamos de menos porque es una chica encantadora. Siempre tiene la sonrisa en la boca. Era la que aportaba la energía positiva en el pasillo. La queremos mucho.

—Vaya, lo siento. No sé si será muy agradable para vosotros ver que otra está ahora en su habitación

—No te preocupes. Tú no tienes la culpa de nada. Nos encantará que formes parte del grupo.

David le sonríe de manera tranquilizadora para que no se sienta mal.

Silvia agacha la cabeza y llena la cuchara de cereales.

Cuando vuelve a mirarle, este continúa sonriendo.

Un cosquilleo sacude su estómago.

Se sonroja e intenta refugiarse bajo la visera de su gorra.

Se ha puesto nerviosa sin venir a cuento.

—Aún no me has dicho de dónde eres —recupera la conversación el joven tras unos segundos en silencio.

—Soy extremeña, de Cáceres.

—Una ciudad preciosa.

—¿Has estado?

—Sí, dos veces —contesta David alegre, que recuerda momentos felices de su niñez—. No conozco a nadie de Extremadura en la residencia. Eres la primera.

Otra vez esa sonrisa.

Pero en esta oportunidad, pese a que ha vuelto a experimentar ese cosquilleo, Silvia no rehúye su mirada.

Aguanta, sin bajarla ni esconderla.

También ella sonríe e inician una animada conversación sobre aspectos relacionados con la comunidad autónoma a la que pertenece la chica.

Luego, él le confiesa que es sevillano y empiezan a dialogar acerca de Andalucía y su capital.

El desayuno de ambos se alarga y el comedor se va llenando de residentes.

Entre ellos, Ainhoa y Óscar, que se sientan en la mesa de cuatro junto a Silvia y David.

Este les presenta a la extremeña e, inmediatamente, la canaria y el vallisoletano desean saber más sobre su nueva compañera de pasillo.

—¿Qué estudias?

—Arquitectura —le responde la joven a Óscar.

—¡Yo también estudié Arquitectura en Valladolid antes de cambiarme a Psicología!

—¿En serio? ¿No te gustó?

—Prefiero lo que estudio ahora. ¿Te está resultando difícil?

—Bueno, fácil no es. Hay que tener paciencia y dedicarle muchas horas. Desde que llegué a la residencia casi no he podido salir de la habitación.

Silvia les explica la cantidad de prácticas que tiene que hacer y la de tiempo que se pasa delante de su atril, aunque elude revelarles en qué emplea el que se toma libre.

De ese asunto prefiere no decir nada.

—¿Dónde vivías antes de venir a la residencia? —interviene ahora Ainhoa, que desayuna varias piezas de fruta cortadas en rodajas.

—En un piso compartido de la calle Guzmán el Bueno. Pero no guardo un buen recuerdo de la experiencia.

—¿No? ¿Y eso?

—No tuve precisamente a las dos mejores compañeras del mundo. Me hicieron la vida imposible. Menos mal que quedó una habitación libre aquí y he podido huir de ellas. He tenido suerte.

La chica observa a sus acompañantes y se da cuenta de que quizá no se ha expresado adecuadamente.

Si hay una habitación disponible es porque Nicole ya no está, como le ha contado antes David.

Y las circunstancias por las que abandonó la Benjamin Franklin son suficientemente delicadas como para tener cuidado con lo que dice.

Por eso, trata rápidamente de rectificar.

—Lo siento. Sé lo de vuestra amiga y no quería que pareciera que...

—No te preocupes —la interrumpe el sevillano sin perder la sonrisa—. Como te he dicho, no tienes la culpa de nada de lo que ha pasado.

—Ya, pero eso no significa que no me sienta rara.

—Nicole es Nicole y tú eres tú. No estás sustituyéndola, solo has ocupado una habitación que había quedado libre.

Las palabras de David animan a Silvia, que constata cómo la expresión de los otros dos chicos también se relaja.

Eso la alivia.

Lo que menos desea en estos momentos es ponerse en contra a sus nuevos compañeros, con los que convivirá los próximos tres meses.

—Te trataremos bien. No será como en el piso que compartías. Y para cualquier cosa que necesites puedes contar con nosotros.

La extremeña asiente y da las gracias a David.

El joven del ave fénix en el cuello es un auténtico encanto.

También los otros dos chicos le han caído bien.

Por lo que parece, en aquel lugar todo es buen rollo y compañerismo.

Espera que el resto del pasillo 1B sea igual de amable.

Terminan de desayunar por fin y en parejas suben hasta recepción.

Silvia camina junto a David.

Entonces, cae en algo que antes se le olvidó preguntar a su nuevo amigo.

—Si no he entendido mal, he conocido a Ainhoa y a Óscar y me has hablado de otros cuatro chicos. Sumándonos a ti y a mí dan ocho. Y el pasillo tiene nueve habitaciones. ¿No falta alguien?

El sevillano pone cara de póquer y continúa caminando en silencio.

Es verdad, no ha nombrado al residente de la 1156.

Lo ha hecho a propósito.

Pero ¿qué puede y qué no puede contarle de él?
Gracias a Muffet y a Voldia por sus Firmas.

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