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Blue Jeans: La Chica Invisible, El Puzle De Cristal y La Promesa De Julia 0 1 601

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Creado por:
#1
24 Jul 19 Hortaliza
[Imagen: a4oA7WM.jpg]

​​​​​​Me llamo Francisco de Paula Fernández González, aunque escribo bajo el pseudónimo de Blue Jeans.
 
  1. Nací en Sevilla, aunque toda mi adolescencia la pasé en Carmona.
  2. Estudié en el colegio Salesianos y luego en el instituto Maese Rodrigo.
  3. Cuando terminé, hice un año de Derecho en la Facultad de Sevilla.
  4. No era lo mío y decidí emprender la aventura de cambiar de carrera y de ciudad.
  5. Con 18 años me trasladé a Madrid, donde sigo viviendo, y comencé a estudiar Periodismo en la Universidad Europea.
  6. Me licencié e hice un master en periodismo deportivo.
  7. Al mismo tiempo, intenté estudiar Filología alemana en la Complutense, sin éxito.
  8. He colaborado con algunos medios, especialmente deportivos, pero no encontré ahí mi lugar.
  9. Durante varios años también entrené a a fútbol sala a niños en Palestra Atenea.
  10. Ahora me dedico a escribir novelas y a pasarme horas y horas en las redes sociales respondiendo las preguntas de los lectores.

Su Página Web:

http://www.lawebdebluejeans.com/

La Chica Invisible

[Imagen: Gb2sP83.jpg]

​​​​​​En este instituto todos tienen secretos, todos parecen culpables, todos son sospechosos.

Aurora Ríos es invisible para casi todos.

Los acontecimientos del pasado han hecho que se aísle del mundo y que apenas se relacione.

A sus diecisiete años, no tiene amigos y está harta de que los habitantes de aquel pueblo hablen a su espalda.

Una noche de mayo, su madre no la encuentra en casa cuando regresa del trabajo.

No es lo habitual.

Aurora aparece muerta a la mañana siguiente en el vestuario de su instituto, el Rubén Darío.

Tiene un golpe en la cabeza y han dejado una brújula junto a su cuerpo.
 
¿Conseguirán averiguar quién es el Asesino de la brújula y qué hay detrás de aquella extraña muerte?

Primer Capítulo


Viernes, 19 de mayo de 2017

—¿Alguna vez te he dicho que me encantan tus ojos color avellana?

—Julia, vete a paseo.

—No, en serio. Tienes una mirada superinquietante.

Emilio enarca las cejas sorprendido por las palabras que le dedica su amiga, que se echa a reír al otro lado de la pantalla.

Llevan media hora hablando por Skype: han decidido tomarse un descanso de derivadas y perífrasis verbales.

—Una mirada superinquietante… Eso sí que no me lo habían dicho nunca —comenta el joven, que, con la mano derecha, revuelve su cabello tintado de azul y con la mano izquierda se pone otra vez las gafas—. Te noto excesivamente feliz. Te recuerdo que pronto empiezan los exámenes finales y nos jugamos el curso.

—Ya lo sé. ¡Que comiencen los septuagésimo primeros Juegos del Hambre! —bromea Julia mientras alcanza el cubo de Rubik que tiene al lado.

—Insisto: ¿por qué estás tan contenta? ¡Tenemos que estudiar mucho! ¡Estoy agobiadísimo!

—No gano nada preocupándome más de la cuenta, ni poniéndome nerviosa. Y tú tampoco.

—Claro. Para ti es muy fácil.

—Emi, te he repetido un millón de veces que, para sacar buenas notas, me tengo que esforzar como cualquiera —responde la joven templando su tono de voz.

—Pero tienes una ventaja que los demás no tenemos.

—Una ventaja que hay que saber administrar. Por muy lista que sea y muy buena memoria que tenga, sin trabajo y esfuerzo no se consigue nada.

Y, esbozando media sonrisa, le muestra a su amigo el cubo de Rubik resuelto: cada cara, con su color correspondiente.

Cuarenta y siete segundos ha tardado en hacerlo.

Cuando sus padres la llevaron al psicólogo con cinco años, ya sospechaban que aquella niña era especial.

Acertaron.

Las pruebas determinaron que el cociente intelectual de Julia era muy alto, de los más altos que habían visto; y su memoria, prodigiosa.

Además, esta adolescente de dieciséis años es muy intuitiva y observadora.

Le encanta el violín, que ha aprendido a tocar mediante tutoriales de YouTube, jugar al ajedrez y leer libros de misterio.

Y, por supuesto, resolver una vez tras otra el cubo de Rubik.

—Ya me gustaría tener a mí tu mente maravillosa.

—Y a mí tus ojos avellanados y tu mirada inquietante.

—¡Qué graciosa estás hoy! —exclama Emilio, que fuerza una sonrisa.

—No te lo tomes a mal, hombre. Ya paro. Aunque intente convencerme de lo contrario, también estoy un poco nerviosa por los finales. ¿Quedamos mañana para estudiar juntos?

El chico hace como que se lo piensa: coloca las manos en el mentón y, a continuación, se ajusta las gafas.

Mira a la cámara y sonríe.

—Vale. En tu casa, que en la mía mis padres nos volverían locos.

—Seguro que no es para tanto.

—Eso lo dices porque no vives con ellos. Son muy pesados. Dicen que soy un friki y que no salgo de mi habitación.

—Y es verdad, Emi. Eres un friki y solo sales de tu cuarto para ir al instituto. ¡Si hasta te subes la comida en una bandeja!

—Porque me pone nervioso que el perro esté baboseando a mi lado en la cocina mientras comemos.

—Al bueno de Cásper lo tienes desde hace cuatro meses y llevas haciendo eso desde que te conozco.

—También es por mis padres. Ellos creen que soy una especie de bicho raro. Pasan mucho de mí y, cuando estoy con ellos, se meten conmigo y no paran de hacerme preguntas extrañas. Sinceramente, prefiero estar solo.

Ahora Julia no hace bromas.

Conoce bien a Emilio y aquel asunto le afecta de verdad.

Nunca ha sido un chico «normal», ni muy sociable.

Eso, en un pueblo pequeño, significa cavar tu propia tumba.

Sin embargo, a ella le cayó bien desde el primer instante.

Ya han pasado casi tres años desde que se mudó a aquella localidad y Emi apareció en su vida.

Incluso, en su día, hasta llegó a gustarle.

Le parecía un tío interesante, distinto y, aunque no era guapo, sí poseía cierto atractivo.

Pero aquellos sentimientos se habían ido transformando a lo largo del tiempo.

Lo que antes eran sonrojos y mariposas en el estómago cuando hablaba con él se ha convertido en confianza y buen rollo.

Pura amistad, sin más pretensiones.

—Mañana por la mañana no estarás solo. Vente pronto y te invito a desayunar.

—No quiero madrugar en fin de semana.

—No vamos a madrugar. ¿Te parece bien a las diez?

—Diez y media.

—Hecho. Diez y media —acuerda Julia sonriente—. Te tengo que dejar ya. Está invadiendo mi habitación el olor de la cena y me muero de hambre.

—¿Todavía no has cenado?

—No. Estábamos esperando a mi padre. Creo que acaba de llegar, he oído la puerta. ¡Mañana a las diez y media! ¡Que no se te peguen las sábanas!

—Vale. Adiós.

—¡Adiós!

La chica sale de Skype y reclina la pantalla del portátil.

Inmediatamente, se guarda el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y baja las escaleras con las prisas que le da el hambre.

En la entrada de la cocina, junto a su madre, ve a un hombre alto que se desabrocha un botón de la camisa, exhausto tras una larga jornada laboral.

Ese mes de mayo se han cumplido tres años desde que Miguel Ángel ejerce como sargento de la Policía Judicial en aquel lugar.

Cuatro meses después, él, su mujer y su hija se trasladaron definitivamente allí y establecieron su hogar en el pueblo.

—Ya era hora, papá —dice Julia mientras se acerca a su padre para darle un beso—. ¿Por qué has llegado tan tarde?

—Un accidente de tráfico. Se lo estaba contando a tu madre.

—¿Un accidente? ¿Ha habido muertos?

—No, por suerte solo un herido leve. Ha sido un atropello —comenta Miguel Ángel antes de dirigirse a las escaleras—. Me cambio de ropa y os lo explico durante la cena.

—Pero ¿a quién han atropellado?

El hombre no responde y sube deprisa a la primera planta de la casa, donde se encuentran los dormitorios.

—¿Tú sabes a quién han atropellado? —le pregunta la chica a su madre.

—No me lo ha dicho. Menos mal que no ha habido víctimas mortales. En caso contrario, lo más probable es que hubieras tenido que pedir una pizza para cenar.

La media sonrisa de Aitana sorprende a su hija, que niega con la cabeza.

A veces no entiende el sentido del humor oscuro que tiene su madre.

—Mamá, eres forense. No deberías hacer bromas de ese tipo.

—¡Si ha sido una tontería! La muerte es algo muy serio. Sobre todo para el que se muere.

—¡Mamá!

—¿Qué pasa?

—Que no sigas con esa clase de… Oye, ¿no huele a quemado?

—¡La lasaña!

La mujer da media vuelta y entra en la cocina a toda prisa.

Julia va tras ella.

Del horno sale un humillo negro que empieza a extenderse por toda la casa.

Aitana se cubre las manos con dos guantes y saca la bandeja con la cena.

La parte de arriba está completamente chamuscada.

Y la de abajo, también.

—Esto es cosa del karma. —se lamenta la mujer resignada al comprobar que aquello es incomestible—. Al final tendremos que pedir una pizza para cenar.

La chica resopla.

Tiene muchísima hambre y el servicio a domicilio de la única pizzería con la que cuenta el pueblo suele ser bastante lento.

Mira el reloj: son casi las once de la noche.

—¿No hay nada en el frigorífico que podamos preparar en un momento?

—Nada. Ha sido una semana de locos. Mañana iré con tu padre al centro comercial y llenaremos la despensa. ¿La quieres con piña?

Julia asiente con la cabeza.

Por lo visto, todavía tardarán un buen rato en cenar.

Pero no puede reprocharle nada a su madre, y tampoco a su padre.

Los dos trabajan muchísimas horas al día.

En ocasiones, más de las que les tocan.

No tienen profesiones fáciles.

Y, si se presenta una urgencia, deben acudir en cuanto reciben el aviso.

Aitana lleva ejerciendo cinco años como forense en la región.

Trabaja en la ciudad, pero cubre todos los municipios de alrededor.

Por su parte, cuando Miguel Ángel fue ascendido a sargento de la Policía Judicial de la Guardia Civil, sus funciones y responsabilidades se multiplicaron, lo que también ha provocado que pase menos tiempo en casa.

A la vez que su madre pide las pizzas por teléfono, suena su móvil.

Julia lo saca del bolsillo trasero de su pantalón y descubre que aquel número no lo tiene registrado entre sus contactos.

Vacila un instante, pero termina respondiendo.

—¿Sí?

—¿Julia?

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

—Hola, buenas noches. Soy Vera, la madre de Aurora, la chica que va contigo a clase. Me ha dado tu teléfono Patricia Herrero, vuestra compañera. No había reconocido su voz. En realidad, no tenía por qué hacerlo, ya que apenas ha hablado con aquella mujer un par de veces.

—¡Ah! ¡Hola! ¿Qué tal?

—Preocupada. ¿Está mi hija contigo?

A la joven le extraña que la madre de su compañera de instituto le pregunte por ella.

No le cae mal, pero no son amigas.

De hecho, Aurora apenas habla con nadie.

A veces da la impresión de que ni está.

Emilio y ella la llaman «la chica invisible».

—No, no está conmigo. La última vez que la vi fue al salir de clase.

—Vaya. Es muy raro que no esté en casa a estas horas. Siempre me la encuentro cuando regreso del trabajo. Y la he estado llamando al móvil, pero lo tiene desconectado. ¿No sabes dónde puede estar?

—No, lo siento —se limita a contestar Julia, que se siente muy confusa.

Se produce un silencio tenso en la conversación.

La chica intenta recordar algo con lo que ayudar a aquella mujer.

Aurora es una persona solitaria, silenciosa y que no suele relacionarse con nadie en los recreos.

Solo en una oportunidad tuvo contacto directo con ella.

Fue al comienzo de aquel curso, cuando les tocó hacer un trabajo en grupo.

Eran cuatro: Patricia Herrero, Yi Lin y ellas dos.

—Julia, perdona que te haga esta pregunta —dice Vera titubeante—. Nunca me ha gustado meterme en la vida privada de Aurora, pero ¿tú sabes si tiene novio o conoces el nombre de algún chico con el que pueda estar?

—Pues… —Está a punto de responderle que es imposible que aquella chica tenga novio porque no se relaciona con nadie en el instituto. Sin embargo, se contiene—. Que yo sepa, no. No la he visto con ningún chico.

—¿Y por Internet? Las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. ¿No te ha dicho nunca nada de algún ligue que haya conocido en Twitter o Instagram?

—No. Lo siento. Si es así, a mí no me lo ha contado.

El suspiro largo y profundo de Vera se oye al otro lado de la línea.

A Julia le empieza a preocupar también la situación.

¿Dónde estará Aurora?

No cree que se encuentre con alguien de su clase estudiando para los exámenes finales.

Tampoco se la imagina en la casa de ningún chico con el que esté saliendo.

—Bien. Gracias por todo. Y perdona las molestias.

—No se preocupe. Seguro que aparece pronto. Habrá ido a alguna parte y se habrá entretenido.

—Eso espero. Buenas noches, Julia.

—Buenas noches.

Cuando se despide de Vera, la chica se queda inmóvil unos segundos.

Tiene un mal presentimiento.

Es la voz de su madre la que la devuelve a la realidad.

—¿Todo bien? ¿Quién era?

—La madre de una chica de mi clase, Aurora Ríos. No sé si te acuerdas de ella: vino un día a casa para hacer un trabajo. No suelo ir demasiado con ella.

—Me suena, aunque no le pongo cara. ¿Qué quería su madre?

—Saber si estaba conmigo o sabía algo de ella. Cuando ha llegado del trabajo, no la ha encontrado en su casa.

—Es viernes. ¿No ha podido salir de fiesta?

—Puede ser, pero no me imagino a Aurora saliendo de fiesta. Ella es… ¿Cómo explicarlo? Poco sociable.

—¿Quién es poco sociable?

—La voz grave de Miguel Ángel irrumpe en la cocina—. ¿A qué huele?

El hombre enseguida descubre la bandeja con la lasaña chamuscada.

Observa a su mujer con los brazos extendidos y los ojos muy abiertos.

—No te preocupes, he llamado a la pizzería —lo tranquiliza Aitana.

—¿A qué hora llegan?

—En treinta minutos. O eso es lo que me han asegurado. Te la he pedido con anchoas y aceitunas negras.

El hombre retira una de las sillas de la mesa de la cocina y se sienta en ella.

Fija los ojos en Julia, que parece distraída.

—¿Qué ocurre? —le pregunta—. ¿Todo bien?

—No lo sé. Me ha llamado la madre de una chica de mi clase. Está nerviosa porque su hija no está en casa y eso no es habitual en ella.

—¿La ha llamado al móvil?

—Sí, pero le sale desconectado.

—En este pueblo la cobertura es horrible. ¿Has dicho que va contigo al instituto? ¿Quién es?

—Se llama Aurora.

—¿Aurora Ríos? ¿La hija de Vera Domínguez?

—Sí. ¿Sabes quién es?

—Claro. Su padre se fue de casa justo la semana de mayo en la que me ascendieron. Vera se pasó por la comisaría para contarnos lo que sucedió. Yo mismo la atendí.

Miguel Ángel les explica a Julia y a Aitana lo que aquella mujer le contó hace ya tres años.

Tenía miedo de Bernardo, su exmarido.

Juró que nunca le había puesto la mano encima; sin embargo, varias veces la amenazó con marcharse y llevarse a la chica con él.

Finalmente, sí que se fue, pero Aurora se quedó con su madre.

El hombre desapareció y ni siquiera luchó por la custodia de su hija.

—Esa chica sufrió mucho. Ya sabéis todas las cosas que generan los casos así en los pueblos —concluye el hombre—. La gente habla de más.

—Y los hijos siempre son los que peor lo pasan en la separación de sus padres —añade Aitana.

—¿Crees que Bernardo puede tener algo que ver con la desaparición de Aurora? —pregunta alarmada Julia.

—No podemos hablar todavía de desaparición. Seguramente esa chica aparezca esta noche. Habrá salido a dar una vuelta.

—Su madre dice que no sale por las noches.

—Quizá hoy ha cambiado de opinión y está por ahí pasándoselo en grande —insiste Miguel Ángel—. Ya verás como todo se queda en una anécdota.

Julia asiente, pero no puede quitarse a la chica invisible de su cabeza.

Sigue creyendo que algo no va bien.

En cualquier caso, no puede hacer nada.

Mañana, a primera hora, llamará a Vera para asegurarse de que todo ha sido una falsa alarma.

—Cambiando de tema, me estabas contando antes lo del accidente. ¿A quién han atropellado? —interviene Aitana interesada—. ¿Es del pueblo?

—Sí. Es un chaval de aquí. Pero solo tiene rasguños y una muñeca dislocada. Iba en bicicleta y un coche se lo ha llevado por delante. Es un milagro que no se haya hecho nada grave. Tal vez lo conozcas, Julia. Es un año mayor que tú. Va a segundo de bachillerato en tu instituto. Se llama Iván Pardo.

La chica palidece en cuanto escucha el nombre de la víctima del atropello.

No puede creérselo.

¡No puede creer que sea el mismo Iván del que lleva tantos meses enamorada!

El Puzle De Cristal

[Imagen: uIIj5w9.jpg]

Todo empieza a encajar.
 
Tras la explosión en la estación de metro, Julia no es la misma.

Se ha convertido en una chica insegura, a veces insolente, y a la que le cuesta encontrar motivación para disfrutar de la vida como lo hacía antes.

También las cosas han cambiado para Emilio.

El joven del pelo azul se encuentra repleto de dudas respecto a su futuro inmediato.

Además, conoce a alguien muy especial, que le hará replantearse su situación.

Vanesa, por su parte, fue la más perjudicada del grupo por la explosión del artefacto.

¿Eso le está influyendo en su relación con Ingrid?
 
El primer martes de enero del nuevo año, Julia recibe una inquietante e inesperada llamada.

Hugo Velero, uno de los compañeros de piso de Iván Pardo, le asegura que el chico del piercing en la ceja ha desaparecido.

Iván le ha hablado mucho a su amigo de su inteligencia y su capacidad deductiva, por lo que le pide ayuda a Julia para encontrarlo.

La joven, en principio, piensa que es una broma y no acepta.

Pero, casualmente, su abuela Pilar, una entrañable y curiosa septuagenaria, con las mismas capacidades mentales que su nieta, vive cerca del edificio en el que ahora reside el joven del que estuvo enamorada y del que no sabe nada desde hace unos meses.
 
Julia decide pasar unos días con su abuela en la ciudad para encontrarse a sí misma.

Sin embargo, no será una visita tranquila.

Y es que la muerte aparecerá de nuevo en su vida.
 
Una extraña desaparición, un misterioso crimen en el que todos parecen sospechosos y un puzle de cristal por resolver se cruzan en el camino de la chica de la memoria prodigiosa.

¿Le sonreirá la suerte en esta ocasión?


Primer Capítulo

 Martes, 2 de enero de 2018
 
—¿Seguro que no quieres comer nada?
 
—Segurísimo.
 
—Todavía queda algo del asado que sobró ayer. Tu padre se ha comido un buen trozo. ¿Te sirvo un plato con patatas fritas y te lo subo? ¿Quieres?
 
Julia juguetea con un mechón de su cabello; no se lo ha cortado en los últimos meses, y lo lleva más largo que en los últimos años.

Aparta los ojos del portátil y mira fijamente a su madre con cara de pocos amigos antes de regresar al capítulo
cuatro de la segunda temporada de Black Mirror.

Su expresión lo dice todo.

Aitana capta a la primera el mensaje de su hija.

Chasquea la lengua, aunque no se da por vencida.

Se sienta en la cama, a su lado, y reclama su atención dándole unos golpecitos en el brazo.

Insistentemente.

La chica refunfuña, pero finalmente sucumbe a la cariñosa presión de su madre.
 
—¿Vas a pasarte todo el día metida en la cama viendo series?
 
—Estoy de vacaciones. ¿Qué hay de malo en ello?
 
—Que llevas todas las Navidades así —protesta la mujer al tiempo que la destapa.
 
—¡No hagas eso! ¡Hace frío!
 
La joven agarra con fuerza la manta y se vuelve a cubrir.

Le da al botón de pausa y, con un gesto, invita a su madre a salir de la habitación.

En cambio, Aitana vuelve a la carga.
 
—Cariño, entiendo que todavía es pronto para…
 
—Estoy bien, mamá —la interrumpe Julia—. No quiero hablar otra vez de lo mismo. Ya casi ni pienso en lo que pasó.
 
Miente.

Y lo saben tanto ella como su madre.

Constantemente le vienen a la cabeza fragmentos de lo que sucedió hace dos semanas en la estación de metro del
aeropuerto.

Los primeros segundos fueron de confusión.

Luego, al darse cuenta de lo que había ocurrido, entró en pánico.

Se palpó a sí misma para comprobar que no le faltaba ninguna parte de su cuerpo.

Tenía los oídos taponados y le costaba mucho respirar.

Además, el humo y el polvo le dificultaban la visión.

Fueron instantes dramáticos, imposibles de olvidar.
 
—Has vivido una situación extrema y traumática, Julia —insiste Aitana, que acaricia el brazo de su hija mientras habla—. Es normal que no te apetezca hacer nada y que te quedes en casa, donde te sientes protegida. Pero la vida continúa, cielo. Y no puedes pasarte el día aquí metida.
 
—Me queda menos de una semana de vacaciones. Cuando empiecen otra vez las clases, todo volverá a la normalidad.
 Normalidad.
 
¿A quién pretende engañar?
 
Después de los asesinatos de Aurora y de Patri, a manos de dos de sus profesores, nada ha vuelto a ser normal.

Ni el final del curso anterior, ni el verano, ni el comienzo de segundo de bachillerato.

Y su vida es todavía menos normal desde el diecinueve de diciembre, cuando Marcos Frade Villanueva decidió suicidarse haciendo explotar una bomba a escasos metros de donde estaban ella y sus amigos.

Julia solo sufrió cortes y alguna herida superficial.

Sin embargo, Emilio se partió una ceja y se hizo un fuerte esguince en el tobillo; incluso le escayolaron la pierna derecha.

Kerstin, la novia de Emi, regresó a Suecia, a la mañana siguiente, con el brazo izquierdo enyesado como consecuencia de una fractura de radio.

Y Vanesa… Vanesa fue la que salió peor parada y tuvo que pasar la Nochebuena ingresada en el hospital.

Por suerte, hace tres días le dieron el alta y se marchó a su casa, aunque todavía tiene secuelas y dolores por todo el cuerpo.

Julia aún no ha ido a verla, aunque han hablado varias veces por el móvil.

Se siente culpable de que estuviera allí en un momento tan inoportuno, ya que fue ella quien le pidió que la acompañara al aeropuerto a recibir a Emilio.

Así que, si ya se encuentra mal por las circunstancias que le ha tocado vivir, no quiere ni imaginarse cómo estaría si a Vanesa le hubiera pasado algo peor.
 
—Voy a subirte un poco de asado —sentencia Aitana antes de ponerse de pie—. Quieras o no, debes comer algo.
 
—Mamá, ya te he dicho que…
 
—Has perdido por lo menos tres kilos en estas Navidades. ¡Y las Navidades están para ganar peso, no para adelgazar! ¡Y de postre te zamparás una porción de la tarta de manzana que hizo tu abuela Pilar! ¡Entera!
 
—Pero, mamá…
 
—Ni peros ni peras. De manzana. ¡La tarta de la abuela es de manzana! ¡La de toda la vida! ¡La que trae todos los años el uno de enero! En quince minutos subo con la comida. ¡Y vas a devorar hasta las migas!
 
Sin darle oportunidad de réplica a su hija, la mujer sale de la habitación acompañada del impactante taconeo de sus zapatos.

Julia se queda embobada observando la puerta.

No está acostumbrada a que su madre se muestre tan inflexible con ella.

Aunque admite que tiene razón.

Desde el día del incidente en el metro, casi no ha probado bocado.

Ni en Nochebuena ni en Nochevieja.

Tampoco ayer, uno de enero, cuando su abuela Pilar y sus tíos fueron a comer a casa.

La madre de su padre había preparado su tradicional tarta de manzana, que tanto le gusta.

Sin embargo, la chica no aceptó darle ni un mordisco al pastel.
 
¿Hasta cuándo va a sentirse así?
 
Se tumba en la cama bocarriba, se lleva las dos manos a la nuca y cierra los ojos.

Un nuevo flash acude a su mente: el momento en que vio a Emilio después de la explosión, tras unos segundos de no comprender absolutamente nada.
 
Sangra por la nariz y la ceja derecha y no lleva puestas las gafas.

Parece muy desorientado.

Es ella la que se desliza como puede hasta su amigo y se sienta junto a él.

 —¿Estás bien? —Julia lo examina de arriba abajo.

Se le hace raro verlo sin sus gafas de pasta.
 
—No lo sé. Me duele mucho el pie derecho. ¿Qué ha pasado?
 
—Creo que ha sido una bomba.
 
A pesar de que Emilio lo sospechaba, escucharlo de la boca de Julia hace que la situación le impresione y le aterre todavía más.

Entonces es cuando cae en la cuenta de dónde se encuentra y de qué está haciendo allí.
 
—¿Y Kerstin? ¡Dios mío! ¿Dónde está Kerstin? —exclama asustado mientras se vuelve hacia un lado y otro para localizar a su chica.
 
—Es aquella, ¿no? —Julia señala a una joven rubia que está sentada en el suelo y se sujeta el brazo izquierdo con la mano derecha. Pero no es a la única que ve en aquel caos de escombros, polvo y humo—. ¡Vane! ¡No! —grita despavorida al localizar a su amiga: está tumbada en el suelo de la estación.
 
Julia se levanta del suelo rauda, apoyándose con dolor en las palmas de las manos para incorporarse, y camina encorvada hacia ella.

Está a unos diez o doce metros.

Vanesa no se mueve y tiene sangre por todas partes, pero respira.

Por suerte respira.
 
El sonido de una llamada de Skype provoca que Julia regrese a la realidad.

Son las dos y media de la tarde de aquel dos de enero.

Es Emilio.
 
La chica se sienta en el colchón y sitúa el portátil sobre las piernas.

Se peina un poco con las manos y acepta la videoconferencia.

En la ventana aparece la imagen del chico con el pelo tintado de azul.

Lleva puestas sus nuevas gafas de montura roja.
 
—Hola, Emi —lo saluda tímidamente Julia, que dibuja una tibia sonrisa.
 
Enseguida descubre que su amigo está preocupado.

Y cree conocer el motivo.
 
—Hola.
 
—¿Va todo bien?
 
—No. Va todo mal —se queja Emilio, que se ajusta las gafas en un gesto que denota nerviosismo—. He discutido con Kerstin.
 
A Julia está a punto de escapársele que no es la primera vez, ni la segunda, y que terminará arreglándolo como en las otras ocasiones.

De cada dos conversaciones que han mantenido durante las Navidades, una ha sido para hablar de los conflictos entre el chico y su pareja sueca.
 
—¿Por qué habéis discutido esta vez?
 
—Porque le he dicho que no tengo ganas de hacer un trabajo de clase. —Emilio se cruza de brazos—. Es por parejas. Tenemos que entregarlo en unos días, pero soy incapaz de ponerme delante del ordenador a pensar en ese estúpido trabajo.
 
—Normal.

 —Pues ella no lo entiende. ¿Te lo puedes creer? A pesar de que también estaba allí, es incapaz de comprender que no tengo el cuerpo para hacer trabajos. ¿Por qué los escandinavos son tan fríos?
 
Emilio se toma diez minutos para explicarle a Julia la situación.

La chica escucha a medias.

Realmente, no le interesan los problemas entre su amigo y su novia.

Se limita a asentir y a hacer alguna que otra pregunta intrascendente para que no parezca que ha desconectado del todo.

Pero está deseando que acabe de soltarle aquel rollo.

Con disimulo, observa el reloj del ordenador.

Su madre tiene que estar a punto de subir con la comida.

Eso le servirá de excusa para abandonar aquella insípida conversación.
 
Mientras Emi sigue hablando, Julia se pregunta a sí misma cuánto durarán la desidia y la apatía que la han poseído en las últimas dos semanas.

Las palabras de su amigo no le importan.

Incluso le fastidia que le cuente sus encontronazos con Kerstin.

Si no lo interrumpe y lo manda a paseo es porque todavía sigue siendo amable y entiende que lo que le ocurre es más por ella que por él.
 
¿Y si la antigua Julia no regresa jamás?
 
Ayer, su abuela Pilar habló con ella sobre el asunto.

La madre de su padre es una mujer sabia.

Todos dicen que se parecen y que ha heredado de aquella septuagenaria su inteligencia y la capacidad para darse cuenta de las cosas antes que nadie.
 
—Aunque no vas a olvidar nunca lo sucedido, tu mente lo irá asumiendo y conseguirás vivir con ello. Solo es cuestión de tiempo.
 
—No sé, abuela. Me siento muy rara.
 
—No han pasado ni dos semanas, querida. ¿Por qué no te vienes unos días a mi casa a descansar y a pensar en otras cosas?
 
—No te preocupes, abuela. Estoy bien aquí.
 
—Ambas sabemos que eso no es verdad. No hago milagros, pero puedo ayudarte a que te encuentres mejor.
 
La proposición de su abuela quedó en un «gracias, me lo pensaré» de Julia y una sonrisa.

Una de las pocas sonrisas sinceras que ha esbozado desde la explosión en la estación de metro.
 
—Oye, ¿me estás escuchando?
 
La chica mira la pantalla de su portátil.

Emilio ha acercado la cara a la cámara y parece molesto.
 
—Perdona, se me ha ido el santo al cielo. ¿Qué decías?
 
—Da igual. ¿Cuándo vas a venir a verme? Me aburro en casa. Mi madre está más pesada que de costumbre.

 —Hoy no puedo. Esta semana a lo mejor me paso un día. ¿Cuándo te quitan la escayola?
 
—Pasado mañana. ¡Tengo unas ganas!
 
En ese instante, suena el móvil de Julia.

La chica examina la pantalla rápidamente y descubre que no tiene apuntado ese número entre sus contactos.

Duda entre responder o no.

En los últimos catorce días, varios periodistas se han puesto en contacto con ella.
 
¿Cómo conseguirán su teléfono?
 
No le apetece hablar con la prensa.

Aunque es posible que no sea ningún medio.

En cualquier caso, su madre aparecerá de un momento a otro y no tiene ganas de charlar con nadie.

Así que opta por dejar que la llamada se pierda.
 
—¿Quién era? —pregunta Emilio, incapaz de ocultar su curiosidad.
 
—Ni idea.
 
—¿Periodistas?
 
—Probablemente —responde Julia con poco entusiasmo—. Emi, me voy a comer.
 
Luego hablamos.
 
—Vale. Y anímate y ven a visitarme.
 
La chica asiente con la cabeza, aunque sabe que no va a hacerlo.

Por lo menos, no hoy.

Ni tampoco cree que vaya a ir al día siguiente.

No entiende la razón, pero algo se ha apagado en su relación con Emilio.

Aunque sigue siendo alguien especial para ella, no es como antes.
 
—¡Julia! ¡Ábreme! —se escucha al otro lado de la puerta de su habitación—. ¡Te traigo la comida!
 
Resignada, la joven se frota los ojos con ambas manos y se incorpora.

Aitana ha cumplido su palabra: quince minutos exactos ha tardado en regresar.

Le abre para dejar que entre en el cuarto.

Su madre sujeta a duras penas una bandeja en la que no cabría ni un alfiler.

Al prometido asado con patatas panaderas y la porción de tarta de manzana de su abuela, ha sumado un plato con media docena de croquetas y otra media de empanadillas, una barrita entera de pan, un plátano y una lata de Coca – Cola.
 
—Mamá, te has pasado. ¡Es demasiado!
 
—Para nada —dice la mujer, que coloca la bandeja encima del escritorio—. Tienes que alimentarte bien. Así que no quiero que sobre nada. ¡Nada!
 
Julia está a punto de quejarse otra vez, cuando su teléfono suena de nuevo.

Comprueba que el número que aparece en la pantalla es el mismo de antes.
 
—¿No vas a responder? —le pregunta extrañada su madre.

 —Seguramente será un periodista.
 
—¿Otra vez? ¡Es indignante! ¡Además eres menor de edad! Deja que conteste yo.
 
La mujer le arrebata el móvil a su hija, que no opone resistencia, y pulsa el botón verde para responder.
 
—¿Sí? ¿Quién es? —Aitana oye la voz de un joven al otro lado de la línea. Escucha atentamente lo que le dice, después mira a su hija y termina devolviéndole el teléfono—. Dice que se llama Hugo. No es periodista. Es… amigo de Iván Pardo.
Necesita hablar contigo.

La Promesa De Julia

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Cuando Julia comienza a estudiar Criminología en la universidad, uno de sus profesores percibe enseguida que la inteligencia de la joven destaca por encima de la de los demás y decide plantearle un controvertido ejercicio:
 
Analizar el caso de Pedro Juncosa, un psicólogo que murió ahorcado cinco años atrás.
 
Todo parece indicar que aquel hombre se quitó la vida, pero la opinión del profesor y las posteriores investigaciones que hace le generan muchas dudas a Julia.
 
¿Realmente fue un suicidio?
 
¿Qué queda de aquel crimen si no fue una muerte voluntaria?
 
Este nuevo caso altera, sin desearlo, todo lo que la chica tiene a su alrededor, incluida su historia de amor.
 
Además, su inseparable amigo Emilio conoce en la universidad a una extraña joven que le recuerda a Aurora, la chica invisible, y que esconde un complicado pasado.
 
Y Vanesa, que se ha recuperado completamente y trabaja ahora en el hotel de sus padres, recibe una visita inesperada que le complicará la existencia.
 
La muerte vuelve a sacudir la vida de la chica de la mente maravillosa.
 
Siete sospechosos.
 
Amistades peligrosas.
 
Amores.
 
Desengaños.
 
Mentiras.
 
Y giros impredecibles.
Gracias a Muffet y a Voldia por sus Firmas.

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